Mariano Saravia
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Especialista en Política Internacional

San Martín hoy

agosto  2020 / 14 Comentarios desactivados en San Martín hoy

Por Mariano Saravia.

Magister en Relaciones Internacionales. Escritor. Periodista

José de San Martín es un héroe al que la historia oficial mata y vuelve a matar. Por eso nos impusieron celebrarlo el 17 de agosto, día de su muerte. Y por eso lo han desaparecido en su esencia, han desaparecido al verdadero San Martín, porque es peligroso y le tienen miedo. Y sabemos, esa es otra forma de matarlo. Por eso es nuestra obligación hacerlo renacer, o mejor dicho, mantener vivo al verdadero San Martín en nosotros. Intentaré resumidamente marcar hitos en su vida que ayudan a nuestras vidas hoy, 200 años después.

Nacimiento. Nació un 25 de febrero de 1778 en Yapeyú, una de las principales ciudades en el sistema de misiones jesuíticas en esa tierra sin mal, la tierra guaranítica. Nos dijeron que nació del matrimonio de Juan de San Martín y Gregoria Matorras, pero muchos historiadores aseguran que la verdadera madre fue su nodriza, la india guaraní Rosa Guarú, fruto de un romance con Diego de Alvear, padre de Carlos María de Alvear. Y para evitar el escándalo público, lo entregaron al matrimonio San Martín. El historiador Hugo Chumbita actualmente sigue un proceso en la Justicia en el que está pendiente todavía una prueba de ADN para determinar la verdadera filiación de San Martín, que tenía la piel morena y los rasgos aindiados, y que en sus primeros años de infancia jugaba a orillas del Uruguay con sus amiguitos y hablaba con ellos en guaraní. Esto siempre ha sido rechazado por la clase dominante, pero para nosotros sería muy importante tener un padre de la Patria indio, morocho, uno de los nuestros, uno igual a nosotros.

Formación y carrera militar. De niño se traslada con su familia a España, donde estudia primero en el politécnico y luego entra como cadete en el Regimiento de Murcia, con 11 años. A los 13 ya está sirviendo en el Norte de África y a los 15 tiene mando de tropas. Hace toda una carrera en el Ejército Español y es héroe de la guerra contra los franceses, que habían invadido y ocupado la Península Ibérica en 1808. Dentro del Ejército Español se libra otra batalla, una batalla política entre los liberales constitucionalistas y los absolutistas monárquicos. Toma partido por los primeros y se ve en él al soldado ciudadano, que sí se mete en política. En 1811 se entera de los movimientos de juntas en América y se une a la Logia de Cádiz, una reunión masónica de americanos que deciden volver cada uno a su país para continuar aquí la lucha liberal, democrática y antiabsolutista que pensaban que ya no podían seguir librando en España. Se va a Londres, donde reciben un relativo apoyo de los ingleses, supuestos aliados de la resistencia española contra Napoleón. San Martín y los patriotas americanos no son ingenuos, saben que a Inglaterra le interesa el libre mercado con las tierras americanas, pero que es un aliado circunstancial.

Regreso. Vuelve en la fragata Geroge Canning junto a José Matías Zapiola, Tomás Guido y Carlos María de Alvear, su supuesto medio hermano. A su llegada, la alta sociedad porteña lo recibe con ambigüedades, por un lado, tiene un nombre y es héroe de Bailén, un militar importante que hace falta aquí, y le reconocen el grado de coronel. Por otro lado, lo miran por arriba del hombro por su aspecto y origen, le dicen “el mulato”, “el indio”, “el negro”, entre otras cosas. Él tiene dos contactos, la masonería, y crea la logia local Lautaro. Y la Sociedad Patriótica que a principios de 1812 ha reflotado Bernardo de Monteagudo para preservar la herencia morenista. El lema de la Sociedad Patriótica es “Independencia y Constitución”, en un momento donde gobierna el Primer Triunvirato con Bernardino Rivadavia como monje negro y esas palabras son prohibidas, porque se continúa con la máscara de una supuesta fidelidad al rey preso de Napoleón. Le encargan la formación de una fuerza para contener a los realistas que vienen desde la Banda Oriental y él crea el Regimiento de Granaderos a Caballo.

Primera acción política. Ese 1812 es el gran año de Manuel Belgrano, que en febrero crea la Bandera en Rosario, en mayo la hace jurar en Jujuy, en agosto emprende el Éxodo Jujeño y en setiembre vence en la Batalla de Tucumán. Siempre desobedeciendo las órdenes de Rivadavia. El triunfo militar de Tucumán del 24 de setiembre también es un triunfo político contra Rivadavia y el 8 de octubre San Martín se planta con sus granaderos y sus cañones en la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo) apuntando al Cabildo. Es una sublevación cívico-militar y la justifica diciendo que “no siempre están las tropas para sostener gobiernos tiránicos”. Hace caer el Primer Triunvirato y es reemplazado por el Segundo. Otra vez se ve el soldado ciudadano, el soldado político.

Primera acción militar. En noviembre se casa con Remedios, una joven de la familia patricia de los Escalada, y eso le sirve también para abrirse paso entre el establishment. Pero lo que lo posiciona definitivamente es el Combate de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813. Es un combate menor, dura 15 minutos, pero muestra su extraordinario genio de estratega, además de salvar su vida gracias al sargento afroamericano Juan Bautista Cabral. Ese año 1813 es muy malo. La Asamblea Constituyente reconoce los símbolos (bandera, himno, escarapela) pero no declara la independencia ni sanciona ninguna constitución. Alvear empieza a tallar políticamente, rechaza a los delegados artiguistas que llevaban el mandato de la independencia y el federalismo. También impone el fin del Triunvirato y el nacimiento de un ejecutivo unipersonal: el Directorio. Y pone como director a su tío: Gervasio de Posadas. Por otro lado, ese 1813 es malísimo para la guerra de independencia y sobre todo para Belgrano, que pierde en Vilcapugio y Ayohuma. Entonces el poder central de Buenos Aires aprovecha para denostar a Belgrano y para sacarse de encima a San Martín, enviándolo en su reemplazo al frente del Ejército del Norte.

Gobernador de Cuyo. San Martín se da cuenta que no es culpa de Belgrano el fracaso de la campaña en el Alto Perú y pide retirarse a Córdoba para recuperar su salud. Llega en mayo a la Estancia de Saldán y allí pasa tres meses elucubrando su plan continental. Pide que lo destinen a Mendoza y desde Buenos Aires acceden creyendo que eso sería confinarlo en una población de frontera. Pero en Mendoza se ve el esplendor político de San Martín. Allí, él recupera el sistema de riego de los huarpes, con acequias y canales, y trae cepas de vid desde Europa. Potencia la vitivinicultura, pero también los frutales: duraznos, cerezos, nogales, olivos. Hace una reforma agraria y reparte tierras entre los campesinos. Fomenta la metalurgia, genera trabajo, es un productivista y un proteccionista. Hace una reforma tributaria y les cobra más a los ricos. Hasta pone un impuesto a las grandes fortunas para financiar el Ejército de Los Andes. A las Patricias Mendocinas les saca las joyas por la fuerza, igual que expropia a los terratenientes y les saca las mulas, los caballos y los esclavos. Impulsa una política de salud pública y vacuna a toda la población contra la viruela. Es el creador del primer proyecto de ley de protección de la industria nacional, en este caso del vino. Pero el proyecto no se transforma en ley por el rechazo de los diputados porteños.

La guerra total por la independencia. A principios de 1815 San Martín otra vez empieza a molestar políticamente al poder central y Alvear lo hace renunciar a la gobernación, enviando en su reemplazo al coronel Perdriel. Pero el pueblo y el Cabildo de Mendoza no lo dejan entrar y ratifican en el poder a San Martín. A todo esto, Fernando VII ha vuelto al trono de España, mucho más absolutista que antes y entonces se toma la decisión de acelerar y encarar una guerra a muerte por la independencia total. Las Provincias Unidas del Río de La Plata son el único bastión patriota en pie, y empieza a ser claro que si no se avanza, los que avanzarán serán los realistas. Por eso San Martín da prioridad al armado del Ejército para cruzar la cordillera antes que la crucen los realistas. Pero también necesita llegar a Chile como general de un país independiente y no como líder de un ejército rebelde, por eso impulsa el Congreso de Tucumán y exige la declaración de la Independencia. Culmina la preparación casi sin financiamiento de Buenos Aires y sólo con el esfuerzo del pueblo mendocino. El 15 de diciembre de 1816 San Martín le escribe a su amigo Tomás Guido: “Si no puedo reunir las mulas que necesito, me voy a pie… Sólo los artículos que me faltan son los que me hacen demorar este tiempo. Si salimos bien, como espero, la cosa puede tomar otro semblante; si no, todo se lo lleva el diablo”.

El libertador. La ingeniería del cruce de Los Andes es increíble si uno piensa en la logística, la comida, las tiendas de campaña, hasta las imprentas que llevaban. La estrategia también es estupenda, llegando coordinadamente las cuatro columnas a la cuesta de Chacabuco adonde arrasan al ejército realista. Esa batalla es fundamental, porque es el primer gran triunfo en esa etapa de la guerra, un momento en el que como dijimos, casi toda Sudamérica está en manos de España. La otra gran batalla es la de Maipú que certifica la libertad de Chile y con ella la del sur de Sudamérica, abriendo el camino para la expedición marítima al corazón del poder realista: Lima. En uno de los viajes a Mendoza para rearmar la logística, emite la Orden general del 27 de julio de 1819. Allí dice: “Compañeros del Ejército de los Andes: Ya no queda duda de que una fuerte expedición española viene a atacarnos; sin duda alguna los gallegos creen que estamos cansados de pelear, y que nuestros sables y bayonetas ya no cortan ni ensartan: vamos a desengañarlos. La guerra se la tenemos que hacer del modo que podamos; si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos ha de faltar; cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con la bayetita que nos trabajen nuestras mujeres y si no, andaremos en pelotas como nuestros paisanos los indios: seamos libres y lo demás no importa nada. Yo y vuestros oficiales daremos el ejemplo en las privaciones y trabajos. La muerte es mejor que ser esclavos de los maturrangos. Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano, hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas como hombres de coraje”.

Aparentemente esa es una arenga más, pero no lo es. Y la parte más conocida es la de “seamos libres y lo demás no importa nada”. Pero esa no es la más importante. Es fundamental la frase en la que asegura que él y los oficiales darán el ejemplo en privaciones y trabajos, algo que siempre hizo San Martín y que le valió el respeto y la confianza de su tropa. Pero además, es un jefe que llama a sus subalternos “compañeros” y a los indios “nuestros paisanos”. ¡Qué diferencia con los Sarmiento, los Mitre y los Roca! Y cuando dice: “La guerra se la tenemos que hacer del modo que podamos” está refiriéndose al concepto de un pueblo en armas. Por eso, más allá de ser un militar de carrera (¡y qué carrera!!), es casi un líder guerrillero, con una mística y un ascendente difícil de encontrar. Entendiendo esto, cobra más fuerza aquello de “seamos libres y lo demás no importa nada”. Después vendría la liberación del Perú y otro gobierno progresista que le granjeó la enemistad de la aristocracia limeña.

El exiliado. El final no fue el “autoexilio”, como nos vendió Billiken. Fue la conspiración de sus enemigos de siempre, liderados por Rivadavia, que le mandaban espías a su chacra de Mendoza, le organizaron atentados para matarlo y lo acusaron de corrupción por “haberse robado el Ejército de Los Andes”. Por lo tanto, fue un exiliado con todas las letras. Exiliado por los enemigos de la Patria y del pueblo, aquellos unitarios, padres de los liberales y abuelos de los neoliberales de hoy. Por eso no hay que dejar que lo vuelvan a matar con frases hechas que lo único que hacen es vaciarlo de contenido. No hay que permitir que le sigan robando la identidad a San Martín. No fue sólo un genio militar. Fue un gobernante enrolado decididamente en el proyecto nacional, popular, federal y democrático. No permitamos que sigan diciendo que “nunca se metió en política”, cuando siempre se metió en política. Le tienen miedo y por eso lo quieren volver a exiliar, o a enterrar bien profundo. Pero nosotros nos empeñamos en hacerlo renacer en nuestro espíritu revolucionario. Porque si algo fue San Martín, fue un revolucionario, en todo y el más completo sentido de la palabra. Y dijo, y nos dice: “No hay revolución sin revolucionarios. Los revolucionarios de todo el mundo somos hermanos”.

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