Mariano Saravia
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Especialista en Política Internacional

La cara más patética del Imperio y los “gusanos”

junio  2017 / 19 Comentarios desactivados en La cara más patética del Imperio y los “gusanos”

Hace dos semanas decíamos en esta columna que se veía una clara decadencia del Imperio Norteamericano y también una deriva en su política exterior. Donald Trump deambula entre lo que le ordena hacer el complejo financiero tecnológico militar industrial, y sus exabruptos, propios de un verdadero elefante en un bazar.
El último papelón es el endurecimiento de las relaciones con Cuba, dando marcha atrás con el deshielo iniciado por Barack Obama y Raúl Castro hace 30 meses.
La puesta en escena fue estudiada, en el simbólico Teatro Manuel Artime de la Pequeña Habana, el barrio de los cubanos anticastristas de Miami. El teatro tiene ese nombre en honor de uno de los mercenarios de la Brigada 2506 que llevaron adelante la invasión de la Bahía de Cochinos en 1961 y bajo la anuencia de John Fitzgerald Kennedy. Por lo cual, ya en sí mismo el show mediático fue una agresión imperialista a Cuba, dando varios pasos atrás.
Ahora bien, ¿por qué lo hizo Trump? Claramente es un pago a la comunidad anticastrista de Miami (los llamados despectivamente “gusanos de Miami”) que apoyó decididamente su candidatura en represalia a los demócratas por el deshielo propiciado por Obama. Aunque entre los motivos también claramente hay una afinidad ideológica y una necesidad de seguir actuando, sin abandonar totalmente el personaje grotesco de la campaña electoral, y confundiendo peligrosamente iniciativa política con show papelonero.
Es que desde el punto de vista de la política exterior, no hay ninguna justificación para este ataque imperialista a Cuba. Ni siquiera desde el punto de vista de la real politik, ya que prácticamente hoy Cuba no representa una amenaza para nadie. En realidad nunca lo representó, pero sí en otro momento podía ser peligrosa políticamente, en el marco de la Guerra Fría y de un mundo mucho más ideologizado.
Pero la jugada tampoco tiene una justificación en política interna estadounidense. Uno podría entender una decisión injusta pero cínica e interesada. Pero no este mamarracho, que a los únicos que beneficia dentro de Estados Unidos es a los “gusanos de Miami”. De hecho, el empresariado estadounidense sigue perjudicándose con el bloqueo y ahora aún más con este endurecimiento, porque siguen quedando afuera de innumerables negocios turísticos de los cuales sí participan por ejemplo los españoles, los canadienses y los mejicanos, entre otros.
Pero, ¿qué cambia en concreto?
Se eliminan los intercambios educacionales llamados “pueblo a pueblo”, habrá más trabas para los viajeros estadounidenses a Cuba y se restringen transacciones económicas. Pero los vínculos diplomáticos y la embajada estadounidense en La Habana continuarán, los vuelos comerciales entre Estados Unidos y Cuba seguirán para fines humanitarios o culturales, y tampoco se reinstaurará la política de “pies secos, pies mojados”, que en el pasado significaba que un cubano llegaba a suelo norteamericano e inmediatamente tenía todos los papeles que se les niegan a otro extranjero.
Quizás lo peor sea la retórica de Trump, volviendo a épocas remotas. Si hay alguien realmente setentista en este momento, es justamente Trump. Volver hoy a las acusaciones de “comunistas” de “falta de democracia” y de “violaciones a los derechos humanos” contra Cuba, ya ni siquiera indigna, sino que produce gracia. Sobre todo viniendo del Imperio.
Lo que sí es una cuestión más profunda, es que esta nueva payasada de Trump desnuda algo mucho más importante, y es la verdadera naturaleza de un imperio como el estadounidense. Porque si nos quedamos sólo en una lectura superficial, podemos tranquilizarnos pensando en lo bruto y chocante de un personaje como Trump, que supera incluso a los Bush, padre e hijo. Pero una segunda lectura indispensable es ver la hipocresía de la supuesta contracara a esos personajes chocantes. Esa contracara es la de otros personajes, mucho más atildados, educados, medidos, y hasta simpáticos. Me refiero a líderes como Barack Obama o como el ya mencionado John Fitzgerald Kennedy. Dos presidentes demócratas, con fama de progresistas, defensores de minorías.
Sin embargo, siempre lo decimos, el imperio es el imperio y no hay que engañarse. Aquel presidente demócrata de principios de los años ’60, rubiecito, con cara de bueno y amable, fue el responsable de la Invasión a la Bahía de Cochinos, y luego responsable de implementar un bloqueo económico y comercial criminal y de aislar aún más a Cuba expulsándola de la Organización de Estados Americanos (OEA).
Este otro presidente demócrata, de hace poquito, también con cara de bueno y amable, el primero presidente negro de Estados Unidos, es también responsable. Porque hipócritamente terminó su mandato diciendo que estaba en contra del bloqueo criminal a Cuba, pero que no dependía de él sino de un Congreso en contra. Pero la lectura no sería completa si no subrayáramos que Barack Obama tuvo las dos cámaras del Congreso a favor en su primer mandato presidencial. Y si hubiera querido realmente, hubiera trabajado para levantar el bloqueo criminal a Cuba. Pero no lo hizo.
Son las distintas caras del Imperio. La más grotesca, la más patética, la más ridícula, pero también la más amenazante y peligrosa, es sin dudas esta que se vio el viernes pasado en medio de los “gusanos de Miami”: la de Donald Trump.

Nota publicada en La Nueva Mañana.

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