Mariano Saravia
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Especialista en Política Internacional

Cuadernos de un Viajador. Capítulo 6: Quebec

septiembre  2018 / 11 Comentarios desactivados en Cuadernos de un Viajador. Capítulo 6: Quebec

QUEBEC
“La libertad no se da, se toma”
Charles Maurras
“Mon pays c’est ne pas un pays, c’est l’hiver”
(“Mi país no es un país, es el invierno”)
Gilles Vignault, cantautor quebequense
“Je me souviens”.
Esa frase, presente en todas las patentes de los autos de
Quebec, significa “yo recuerdo”. La frase completa es: “Yo recuerdo
que nací bajo la flor de lis y que creceré bajo la rosa”. Y su significado
profundo es: “Yo recuerdo que nací francés y que creceré bajo los
ingleses”.
La flor de lis es el símbolo de la realeza francesa y
la francofonía, mientras que la rosa, el de la realeza
inglesa. La bandera de Quebec tiene campo azul, con una
cruz blanca en representación del cristianismo y cuatro
flores de lis como símbolo de la francofonía.
Salimos de Buenos Aires el siete de enero de 1995 con 33
grados, y llegamos a Montreal con 16 bajo cero y nieve hasta el
techo del aeropuerto de Mirabel. Éramos seis estudiantes cordobeses
que íbamos becados para estudiar durante seis meses en la
Universidad Laval de la ciudad de Quebec.
Una vez en la universidad, nos dieron una bienvenida con
café, algunas galletas y una charla introductoria. Y como no podía
ser de otra manera, las principales recomendaciones fueron referidas
al clima.
Los quebequenses no soportan su propio clima.
Siempre andan frustrados y quejosos del frío, de la nieve
y de la falta de sol. Justamente ellos, que desde que
nacieron no conocieron otro clima que ése. Siempre como
si hubieran sido engañados por el pronóstico del tiempo,
estafados. Como si en realidad fueran caribeños
trasplantados y extrañaran el sol y la arena. Antes de
conocerlos, los imaginaba como gente acostumbrada,
curtida. Pero no, tienen un problema serio de convivencia
con su propio clima. Viven esperando los escasos y cortos
tres meses donde todo renace y florece.
Porque durante junio, julio y agosto el panorama
es completamente distinto. Las plazas y los parques se
llenan de familias y de parejas enamoradas. El aire y el
ánimo de la gente se entibian. La temperatura ronda los
20 o 25 grados. Florecen los jardines y el sol quema la
piel. Se hacen fiestas y conciertos al aire libre. Parece
otro país, aunque el verdadero Quebec es el de los otros
nueve meses, el de la nieve y los túneles.
En invierno la temperatura puede bajar hasta 30
grados bajo cero. El río San Lorenzo se congela en algunos
de sus tramos y hay permanentes tempestades de nieve y
vientos helados. Este invierno riguroso dura entre seis y
ocho meses y, más allá de todo, es también una parte del
patrimonio cultural de Quebec. Además, el invierno
quebequense es el que más nieve tiene en todo el mundo.
Las viviendas, los autos y, en general, toda la vida está
adaptada a esta circunstancia. En la entrada de cada casa,
por ejemplo, hay siempre a mano una pala para despejar
la salida cada mañana, como así también un lugar para
dejar las botas cuando se entra, y no ensuciar con los
restos de nieve.
A los pocos días de haber llegado, salimos a conocer la ciudad
vieja, que parece un pueblito europeo. Es la única ciudad
amurallada enclavada en América del Norte. Pero justo ese día fue
uno de los más fríos de todo el año, uno de esos pocos en que los
propios quebequenses no van a trabajar, y esto sólo ocurre cuando
hace demasiado frío, y la calle se torna peligrosa hasta para los
automóviles.
Ese día, luego nos enteramos, hacía -25ºC, pero como corría
viento, la sensación térmica era de -35ºC. Caminábamos 20 metros
y teníamos que entrar a algún negocio para calentarnos un poco y
seguir.
Laura y Mariana, por la bajísima temperatura, se
descompusieron, hasta que una providencial posada y una sopa de
pescado bien caliente nos devolvió el alma al cuerpo. Fue allí que
caímos en la cuenta de la inconsciencia que estábamos cometiendo.
“Ustedes son locos, ¿qué hacen recorriendo la ciudad en un día
así?, ¡si en estos días no salimos ni siquiera los que somos de aquí!”,
nos dijo Richard, el camarero que nos atendió.
Y le hicimos caso. Luego del almuerzo fuimos directamente
a la parada del autobús y volvimos a la residencia de la Universidad
Laval. Ya habría tiempo para visitar una de las más bonitas ciudades
de toda Norteamérica.
El problema del frío es que, por debajo de los -15ºC
o -20ºC, ya no se siente la diferencia. Simplemente es que
se empieza a congelar el cuerpo.
Uno lo nota en la mucosa y en las pestañas, que se
ponen blancas y se endurecen. Por eso es que durante el
carnaval, quizá la fiesta principal de Quebec, hay tanta
gente que después de tomar unos tragos de más, se muere
en medio de la calle sin darse cuenta siquiera.
Se quedan dormidos y ya nunca más se despiertan,
igual a lo que les sucede a los montañistas cuando quedan
atrapados en una tormenta de nieve.
Muchos desconocen que el shopping es un concepto
arquitectónico y comercial canadiense. Una forma
cómoda de llegar en automóvil a un lugar, estacionar y
encontrar allí todo lo que hace falta sin necesidad de
caminar por las calles heladas de la ciudad.
La Universidad Laval, donde nosotros estudiábamos, igual
que la ciudad de Montreal, tenía túneles que interconectaban todos
los pabellones, incluso las residencias universitarias con las aulas,
y estaba tan bien calefaccionado, que íbamos a clases en mangas
de camisa, mientras mirábamos por los vidrios y presentíamos el
rigor del frío que hacía afuera. Así, había períodos con tormentas
de nieve en que no salíamos a la superficie por días enteros. Todo
está calefaccionado y para lograr eso, el gobierno de Quebec destina
el 7 por ciento del presupuesto anual a este fin.

La ciudad subterránea
Cuando viajé a Montreal, lo hice con dos chicas con las cuales
me había contactado una oficina especial de la universidad que se
encarga de relacionar a viajeros, unos con y otros sin auto, para
que compartan el viaje y los gastos. Después de recorrer unos 200
kilómetros al costado del río San Lorenzo, ellas me dejaron en una
estación del subte en las afueras de Montreal. Desde ahí llegué al
centro. Tenía que encontrarme con Serge Ouaknine, en una de las
esquinas más céntricas de la ciudad, pero bajo tierra. Como había
viajado con un margen de tiempo tal que me garantizara no llegar
tarde, me dispuse a esperar tomando un café en un bar de esta
ciudad búnker, como salida de una novela de ciencia ficción. Veía
cómo la gente iba y venía, entraba a una oficina, al correo, al
almacén y a la farmacia. Una esquina con tanta vida como
cualquiera de cualquier gran ciudad, pero sin autos ni semáforos.
Un centro paralelo que cobra vida en invierno –o sea casi todo el
año–.
Después de una hora de espera leyendo Le Devoir, por fin
llegó Serge, quien sería mi anfitrión durante tres días. Él había
nacido en Rabat, capital de Marruecos, en el seno de una familia
judía, y se había criado en París. Ahora vivía en Montreal desde
hacía más de 10 años, por lo que podía ayudarme a captar la esencia
de esta ciudad, tan liberal y cosmopolita como contradictoria y
problemática.
Fuimos a Mc Gill, la universidad de elite de enseñanza
anglófona, y también a su contraparte francófona, la Universidad
de Quebec.
En las dos había enseñado Serge, un artista completo: poeta,
pintor, escultor, pero sobre todo director y teórico del teatro. Sin
embargo, lo que más disfrutaba era llegar a su casa, encontrar a
su esposa Sol y cocinar con talento y paciencia, combinando la
tradición árabe con su religión judía. Y tomar un buen vino tinto,
si era chileno o argentino, mejor.
Esa noche nos quedamos despiertos hasta la madrugada.
Entre muchas cosas, me dijo: “Los quebequenses querrían tener
su propio país, pero por razones económicas no se van a separar de
Canadá, tienen miedo de perder el bienestar de que gozan”.
Al día siguiente, Rémond, un empresario con el que había
salido a dar una vuelta en bicicleta por la orilla del río, me dijo
justamente lo contrario: “Ahora todos se quieren separar de Canadá,
los de la Columbia Británica, porque se creen californianos; los de
Alberta y los de Terranova, porque tienen mucho petróleo, pero
todos por cuestiones económicas. No como nosotros que tenemos
una cuestión del corazón”.
Me quedé pensando en eso, y sobre todo en quién tendría
razón, es decir, qué prevalecería al final del camino, si las razones
del bolsillo o las del corazón.
En octubre de ese año, Quebec estuvo más cerca
que nunca de lograr su independencia, pero en el
referéndum ganó el NO por un poquito más de un punto.
Fue 50,6 por ciento contra 49,4 por ciento. En el primer
referéndum de 1980 había sido el 59,6 por ciento contra
el 40,4 por ciento.

El mundo en una calle
Caminar por la calle San Lorenzo es como pasearse por una
ONU en miniatura: italianos, españoles, portugueses, judíos, griegos
y latinoamericanos se van sucediendo cuadra a cuadra. A través
de los restaurantes y bares se puede viajar por todo el mundo sin
salir de Montreal, en un ambiente atrapador que mezcla los
perfumes y sabores de la lejana patria con el frío inconfundible del
invierno quebenquense. Entro en un bar y suena de fondo un tema
de Amalia Rodríguez, la reina del fado. Las paredes están
empapeladas de afiches del Benfica, el Sporting y el Porto, y en las
mesas hay viejos y jóvenes que juegan a las cartas y hablan fuerte,
mientras toman “vinho verde” y oporto. Uno de ellos, Joao, me
cuenta en portugués ofreciéndome una copa: “Vengo acá todos los
santos días, a encontrarme con mis amigos; por ellos y porque acá
se me hace menos difícil conservar las tradiciones y no olvidarme
de mi pueblito Avriro, frente al mar y cerca de Coimbra. Es duro
vivir con los pies en Montreal y la cabeza en Portugal”. Y así les
pasa a todos los inmigrantes. También los latinoamericanos, entre
ellos muchos chilenos que llegaron como exiliados políticos durante
la dictadura pinochetista.
En general, los inmigrantes forman ghettos y
recrean su propio ambiente, pero si tienen que integrarse
a la comunidad, lo hacen mayoritariamente a la anglófona
de Montreal, una importante minoría que llega al 15 por
ciento de la población. Esto sucede porque muchos llegan
con algún conocimiento previo del inglés y casi ninguno
del francés, por un lado, y por otro, porque piensan que
integrados a otra minoría, podrán resistir más la
asimilación de la mayoría francófona. Un tercer motivo
es porque algunos usan a Quebec como trampolín para
saltar a los Estados Unidos.
Pero si hay algún tipo de discriminación en Quebec,
no es hacia los inmigrantes ni hacia los anglófonos, sino
hacia los pobladores originarios de estas tierras, los
amerindios y esquimales o inuits.
Jean era un compañero de la Universidad Laval, en la ciudad
de Quebec. Íbamos juntos a patinar en la pista de hielo de la propia
universidad y a veces a tomar una cerveza. Era indio y su apariencia
lo delataba: pelo renegrido, lacio y largo, y los rasgos angulosos.
Parecía salido de una película de Hollywood.
Algunas noches en el bar de la residencia universitaria, Jean
me contaba cómo vive su gente en las reservas, tan comunes no
solamente en Quebec sino también en el resto de Canadá y en
Estados Unidos. Allí, los gobiernos subvencionan a los indios para
que no “contaminen” las ciudades, con grandes cantidades de dinero
que terminan por potenciar problemas sociales como el alcoholismo
y la drogadicción.
En Quebec hay unos 60.000 amerindios, de los que
solamente unos 15.000 viven en las ciudades,
principalmente en Montreal. Estas tribus pertenecen a
dos familias lingüísticas y culturales diferentes: la
algonquina y la iroquense. Los abenaquíes, los
algonquinos propiamente dichos, los attikameks, los cris,
los malecitas, los micmacs, los montañeses y los naskapis
son de cultura algonquina. En cambio, los hurones
wendat y los mohawks forman parte de la familia
iroquense.
Al norte de Quebec, en las zonas más heladas de la
bahía de Hudson y de Ungava, ya dentro del Círculo Polar
Ártico, viven unos 10.000 esquimales o inuits, con rasgos
orientales y costumbres ancestrales. Se sustentan
principalmente a través de la caza y de la pesca. También
se sienten abandonados por el Estado quebequense.
de los quebequenses para pedir su propio Estado fuera
de Quebec, y obviamente fuera de Canadá.

Algo que decir
Ese año, tuve la suerte de vivir todo el proceso previo al
segundo referéndum.
“L’avenir sur Quebec, j’ai mon mot a dire” (el futuro de
Quebec, yo tengo algo que decir). Así era el nombre del programa
de participación ciudadana que organizó el gobierno de Quebec
del independentista Partido Quebequense. Ese proceso duró todo
el primer semestre de 1995, con vistas al referéndum que se realizó
en octubre.
Una helada mañana de domingo de febrero pasé por la casa
de Jean Claude y María Eugenia. Estaba invitado al brunch, otro
nombre y costumbre importada de Estados Unidos, mitad breakfast
y mitad lunch a media mañana de los domingos. Café con leche,
facturas, manteca, dulces varios, pero también jugos, huevos, quesos
y fiambre. Se encontraban también Cristina (hermana de María
Eugenia) y Quique. Ellos eran de Córdoba pero estaban por una
temporada en Quebec. Cristina hacía su doctorado y Quique
acompañaba feliz de la vida, siempre arreglando alguna cosa en
su casa. Gente buenísima que me ayudaba a escapar de las garras
de la nostalgia cuando de vez en cuando atacaba.
Luego de comer y conversar, fuimos con Jean Claude,
profesor de literatura latinoamericana en Laval, a una escuela
secundaria donde se juntaron más de 500 personas para discutir el
anteproyecto soberanista, que había sido enviado por correo a todos
y cada uno de los ciudadanos de Quebec, entre diciembre de 1994
y enero de 1995, como así también las explicaciones de cómo
participar en las comisiones que irían a debatir la situación.
En medio de una efervescencia popular generalizada, se
crearon comisiones para cada región. En las ciudades más grandes
se establecieron varias divididas por barrios, como así también por
edades y actividades profesionales.
Cada comisión estaba formada por entre 12 y 15 personas y
presidida por alguien que no tuviera militancia política, pero que
fuera reconocido por la comunidad por su competencia y capacidad.
En la reunión de la que participamos con Jean Claude, por
ejemplo, se discutió primero por comisiones y después se abrió un
gran debate general con micrófono, donde no faltaron los
apasionamientos y hasta alguno que se retiró enojado del lugar.
Los políticos y legisladores provinciales y nacionales de todos
los partidos políticos también estaban presentes, cosa que en ese
momento me llamó mucho la atención, ya que transitábamos la
década del 90, y en Argentina había una enorme apatía y aversión
hacia los políticos y la política.
Concluidas las deliberaciones en cada una de las comisiones,
los presidentes de cada una de ellas se reunieron para hacer una
síntesis de todos sus trabajos y presentaron las recomendaciones a
la Asamblea Nacional. Éstas sirvieron de base para la redacción
del proyecto de ley sobre la soberanía de Quebec, que siguió su
camino hacia el referéndum.
René Lévesque había gobernado por el Partido
Quebequense, entre 1976 y 1985. Durante su gobierno se
sancionó la ley de consulta popular. Esta ley prevé dos
maneras de implementar el referéndum.
Una de ellas es a través de hacer solamente una
pregunta, tal como se realizó en el año 1980.
En esa oportunidad, el gobierno del Partido
Quebequense puso a consideración de la ciudadanía la
siguiente pregunta: “El gobierno de Quebec ha hecho
conocer su propuesta de llegar, junto con el resto de
Canadá, a un nuevo acuerdo fundado en el principio de la
igualdad de sus pueblos; este acuerdo permitiría a Quebec
obtener el poder exclusivo de dictar sus leyes, de percibir
sus impuestos y de establecer sus relaciones exteriores,
lo que constituye la soberanía, y al mismo tiempo, de
mantener con Canadá una asociación económica que
conlleve la utilización de la misma moneda; ningún
cambio en el status político resultante de estas
negociaciones será realizado sin el acuerdo de la
población luego de un referéndum; en consecuencia:
¿delega usted en el gobierno de Quebec el mandato de
negociar el acuerdo propuesto entre Quebec y Canadá?”
El resultado en esa oportunidad fue adverso a los
independentistas, arrojando un resultado de 59,6 por
ciento a favor del NO y un 40,4 por ciento por el SI.
La otra forma de implementar la ley de consulta
popular es someter al tratamiento del pueblo un proyecto
de ley, como en esta oportunidad.
Finalmente, el anteproyecto de 1995 sufrió muy pocas
modificaciones en la Asamblea Nacional y fue presentado en
octubre para ser plebiscitado por la ciudadanía quebequense.
Otra vez el resultado echó por tierra las aspiraciones de los
independentistas, aunque esta vez la diferencia fue mucho más
apretada que en 1980.
Como previendo ese resultado, el profesor Richard Desrosiers,
por ese entonces director del Departamento de Historia de la
Universidad de Quebec en Montreal, dijo en una entrevista que a
la base del fracaso del soberanismo en Quebec había que buscarla
en el sector empresario: “Lo que le faltó al movimiento del SI en el
referéndum de 1980, fue el apoyo de los empresarios y hombres de
negocios quebequenses, porque ellos necesitan todavía de los
negocios del gran hermano federal (Canadá). Queda la impresión
de que dentro de los círculos empresarios quebequenses subsiste
una cierta dependencia de Ontario (región del centro de Canadá,
la más rica y donde está la capital, Ottawa). Sin embargo, con el
tiempo, va a quedar demostrado que esta dependencia ya no es
necesaria. El debate con los Estados Unidos sobre el área de libre
comercio (NAFTA) lo ha demostrado. Los empresarios
quebequenses, montrealeses, pueden tener éxito, incluso sin el gran
hermano federal, falta que se den cuenta de eso. Éste va a ser un
elemento decisivo dentro del actual debate constitucional y dentro
del creciente nacionalismo quebequense. Ya no son independentistas
solamente los jóvenes, los intelectuales, la pequeña burguesía,
ahora hay también hombres de negocios”.

La lengua que resiste
La lengua de un pueblo es hecha a su imagen y hace
su imagen.
Necesidad de hacerse comprender para simplificar
lo cotidiano, la lengua crea y refleja la realidad al mismo
tiempo. Como verdaderos órganos vivientes, la lengua
evoluciona en la búsqueda de un equilibrio entre la
estética y la práctica.
El francés es hablado por 7.500.000 quebequenses,
dentro de una población total de 25 millones de
canadienses anglófonos, y si sumamos Estados Unidos,
una población de 300 millones de personas también
anglófonas. Por eso, Quebec es una isla dentro del mar de
imágenes, slogans y mensajes de todo tipo que
reproducen en inglés los medios masivos de comunicación.
Después de dos siglos de sumisión a los anglófonos,
los quebequenses han hecho todo lo posible por preservar
el francés.
Un idioma francés trasplantado al continente
americano, que con características y circunstancias
particulares, se ha ido modelando hasta conformar lo
que hoy se conoce como “francés quebequense”,
encarnación americana de una lengua hablada por más
de 120 millones de personas en todo el mundo.
En la época de la colonia, un porcentaje importante
de los inmigrantes franceses provino de la “Ile de France”
(la región de París), y fue el francés parisino el que unificó
la lengua de los inmigrantes de las distintas provincias
francesas. Pero la gran mayoría de los franceses que
llegaron a la Nueva Francia, provino de la región noroeste
del país, por lo que sus expresiones y la extrema
civilización del Loira tuvieron también una fuerte
influencia.
Los colonos franceses que desembarcaron en
Nueva Francia, en muchos casos tuvieron que adaptar
sus comportamientos a los de sus anteriores habitantes.
También el lenguaje debió adecuarse para designar
realidades que ellos no conocían. Así fue que el francés
quebequense sufrió influencias indígenas y acogió
vocablos nativos como natashquan, metabetchouan y
chicoutimi, que son animales autóctonos de la región.
Pero como consecuencia de la conquista inglesa, el
inglés también dejó su huella en la lengua de los
quebequenses. Este fenómeno de raíz histórica y social,
se suma a la omnipresencia que en occidente tiene
actualmente la música anglosajona, la hegemonía
económica de los Estados Unidos, la difusión del cine de
Hollywood, la cercanía geográfica con ese país y las
relaciones políticas y de todo tipo con el resto de Canadá.
Por todo esto, más allá de las palabras inglesas
difundidas en todo el mundo (shopping, charter, week
end, hot dog, etcétera), en Quebec se habla de “le car”
más que de “la voiture” para decir auto y de “le people”
más que de “le gent” para decir la gente.
Al principio, no entendía por qué cuando daba las
gracias a alguien me respondía “bienvenu”, hasta que
Jean Claude me explicó que era una transcripción directa
del sentido que le dan los estadounidenses a la expresión
“your wellcome” para decir “de nada”.
Además, el aislamiento al que se debieron someter
los canadienses luego de la conquista, fijó sus palabras y
las construcciones gramaticales, algo que hizo que
aparezcan hoy como desusuales, anquilosadas o
provinciales a los hablantes de París.
Sobre todo después de la dominación inglesa,
Quebec no tuvo ninguna relación con Francia durante
siglos, por lo que la lengua evolucionó en un modo
autónomo. De estos procesos históricos surgen las
diferencias entre el francés hablado en Quebec y el que se
habla en Francia, en especial provincialismos y
arcaísmos.
En materia lingüística existen dos grandes
principios de intervención estatal: la individualidad y la
territorialidad.
Según el principio de individualidad, el individuo
lleva consigo el derecho a usar su lengua, vaya donde
vaya.
Según el de territorialidad, se establece una
delimitación territorial del uso de la lengua, y esto lleva a
establecer fronteras lingüísticas.
En Canadá, a nivel federal se ha adoptado
históricamente el principio de individualidad, sobre todo
después de 1867, con el advenimiento de la Confederación.
Es decir, que por ley se establece un bilingüismo individual
garantizado en todo el país. Y si bien los entes estatales
están obligados a prestar servicios en inglés y francés,
buscando de esta forma proteger a las minorías
lingüísticas, esta política de bilingüismo individual
conlleva a la supremacía del inglés por ser la lengua
mayoritaria, y a la asimilación del francés fuera de
Quebec.
En la provincia de Quebec, en cambio, los gobiernos
independentistas del Partido Quebequense, en especial
luego de la década de 1960, han implementado la política
de territorialidad, imponiendo en su territorio el uso de la
lengua francesa. La idea fue la de afrancesar el territorio
provincial. Es su forma de resistir. Por ley se establece
que el francés es la única lengua oficial de Quebec y no
determina la obligación de que los entes públicos
provinciales presten servicios en inglés.
Impone la obligación de que todos los afiches y
carteles publicitarios en la vía pública estén escritos en
francés como así también la de que los hijos de
inmigrantes asistan a escuelas francófonas. Solamente
si los padres han recibido instrucción escolar en Canadá
en lengua inglesa, tienen derecho a educar a sus hijos en
inglés.
Esta política lingüística proteccionista tiende a
defender la subsistencia de la lengua francesa dentro de
Quebec, ya que con una libertad absoluta, terminaría
predominando el idioma más fuerte y el francés se iría
perdiendo en la marea del inglés.

Carnaval y circo
El carnaval de Quebec es la fiesta principal, sobre
todo en la capital. La gente se prepara durante meses
para este evento (como sucede en Río de Janeiro, Venecia
o Tenerife, aunque por supuesto con grandes diferencias
de todo tipo).
Es un carnaval distinto, raro, un carnaval blanco,
con calles cubiertas de nieve y, eso sí, mucho alcohol. El
caribú es uno de los hitos carnavalescos, ya que con la
misma palabra se designa a un animal típico de la región,
parecido a un reno, y también a una bebida blanca, muy
parecida al vodka.
Pero el ícono por excelencia del carnaval es el Bonom
Carnaval, un enorme muñeco de nieve, regordete y
simpaticón, que tiene un sombrero negro tipo galera y
una bufanda roja. Él va adelante dando inicio al desfile
principal de los festejos, que incluye el paso de carrozas,
de cómicos y de reinas. Una de las mayores atracciones
de esos días de inicios de febrero es el castillo de hielo,
que tiene el tamaño natural de un castillo, con su puente
colgante, sus pasillos y salas interiores. Toda una
aventura para niños y grandes.
En Quebec, el arte es algo tan natural y difundido
como el frío. Al Festival de jazz de Montreal y al Festival
de Verano de Quebec, se suma una gran actividad de coros
y orquestas durante todo el año. Más de 250 compañías
profesionales de teatro estable, ballet y una importante
tradición de buen cine que ha dado directores como Denys
Arcand (El ocaso del imperio americano y Jesús de
Montreal), Jean Claude Lauzon (Leolo y Un zoo de noche),
o Frédéric Back (El hombre que plantaba árboles).
Pero lo realmente fascinante de Quebec es su
tradición circense.
La Escuela de Circo de Montreal recibe cada vez
más jóvenes de todo el mundo que quieren dedicarse a
esta actividad y pasan años preparándose para ello (tan
distinto a lo que era antes, cuando se trataba de un oficio
que se transmitía de boca en boca y, sobre todo, a través
de la experiencia).
Los tiempos han cambiado y hoy el circo es uno de
los ámbitos artísticos más multidisciplinarios y
perfeccionados de todo el mundo.
En Quebec, el Cirque Eloize ya lleva 10 años
asombrando al planeta, con sus dos elencos estables que
recorren los cinco continentes.
El otro gran ícono de Quebec es el Cirque du Soleil,
que también tiene un elenco dando vueltas por Europa,
otro por toda Norteamérica y otro estable en Orlando.
Como Quebec está en el sudeste de Canadá, tiene mucha
relación con la costa Este de Estados Unidos. Boston está muy cerca,
incluso Nueva York. Por lo tanto, íbamos bastante seguido a pasear
a esas ciudades los fines de semana. En una oportunidad, marzo de
1995, un grupo de estudiantes de la Université Laval fuimos por
varios días. Habíamos conseguido una oferta para quedarnos en
un hotel lujoso, el Marriott, que quedaba justo enfrente de las Torres
Gemelas. En una de las recorridas, cerca del puerto, descubrimos
con Carolle el Cirque du Soleil, que se presentaba en el Battery Park.
Alegría era el nombre del espectáculo, y el contenido no tenía nada
que ver con los circos tradicionales. Mucha magia, mucha fantasía,
un despliegue escenográfico y coreográfico alucinante. Los trajes,
los bailes, la música, el humo. Mucho más tarde se haría conocido
en Argentina, pero en aquel momento era todo un mundo
desconocido y atrapante en la concepción quebequense del circo.
MARIANO SARAVIA

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