Mariano Saravia
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Especialista en Política Internacional

CUADERNOS DE UN VIAJADOR-CAPITULO 5 : PAÍS VASCO

septiembre  2018 / 10 Comentarios desactivados en CUADERNOS DE UN VIAJADOR-CAPITULO 5 : PAÍS VASCO

PAÍS VASCO
“He comido en sus mesas, he dormido en sus casas, he discutido con
ellos y el corazón se me ha llenado de esperanza. He descubierto una
verdadera comunidad, no una de esas comunidades folclóricas que se
exhiben en las vitrinas de los museos. Una comunidad viva, con su lengua,
su cultura de ayer y sobre todo de mañana. Un pueblo donde la solidaridad,
la amistad, la fraternidad, no son sólo palabras. Una comunidad donde se
estrechan lazos cuando el peligro está ahí, donde se canta y baila
habitualmente, no sólo a modo de fiesta, sino para sentir profundamente que
se existe”. Denis Langrois, escritor francés, en relación a los vascos.
Recuerdo que mientras hacía la fila de Migraciones en Ezeiza,
veía por las teles colgadas las noticias sobre la Masacre de
Avellaneda. Yo estaba estupefacto ante el asesinato policial de Kosteki
y Santillán, y sentía culpa de estar embarcando en ese mismo
momento para irme. Militantes y piqueteros de todo el sur del
Conurbano Bonaerense intentaban cortar el Puente Pueyrredón para
aislar la Capital Federal, reclamando por trabajo y condiciones
dignas. La represión policial fue desproporcionada y asesina. Y ese
fue el principio del fin del gobierno de Eduardo Duhalde. Era el 26
de junio de 2002.
Un día después, en una tardecita gris y lluviosa, llegaba al
aeropuerto de Bilbao. Había salido de Barajas una hora antes, luego
de una odisea para conectar un vuelo con otro. Claro, había llegado
en un avión proveniente de Buenos Aires, en la época de la mayor
crisis económica, social y política de la historia de la Argentina.
Aquel vuelo estaba lleno de jóvenes, adultos, viejos, solitarios y
familias enteras de argentinos que se iban para no volver. Con y
sin estudios, con y sin trabajos, con y sin papeles, con y sin dinero.
De todo iba en ese avión, cientos de historias, todos con el mismo
desamparo de emigrante, todos con la misma angustia de no saber
qué se encontrará a la llegada.
Y a la llegada lo que encontramos fue un enorme caos en el
aeropuerto de Barajas, mucha improvisación y desorden por parte
de las autoridades y de los empleados del aeropuerto. Filas
interminables e inamovibles en los mostradores de migraciones. Y
un trato apropiado de españoles primermundistas hacia sudacas
tercermundistas.
Yo tenía dos horas entre la llegada y la partida para Bilbao,
pero cuando ya habían pasado 45 minutos y mi fila no había
avanzado ni cinco metros, empecé a preocuparme. Un chico me
dijo que nos cambiáramos de fila por aquella vieja ley de Murphy
de que la ajena siempre se mueve más rápido que la propia. Y nos
fue bien, la otra se movía más y cumplimenté los trámites con el
tiempo justo para llegar corriendo al embarque del otro vuelo.
Ya a bordo del avión de Iberia que unía Madrid con Bilbao,
hubo algo que me llamó la atención. Como en todos los aviones
del mundo, dos muy lindas azafatas empezaron con sus señas
explicando dónde estaban las salidas de emergencia y cómo actuar
en caso de accidente.
Mientras tanto, una voz por los parlantes iba acompañando
sus señas, y como es normal primero en castellano y luego en inglés.
Lo que me sorprendió fue que no se incluyera una explicación en
euskera, el idioma vasco, teniendo en cuenta que el destino del
vuelo era el País Vasco; muchos de los pasajeros eran vascos y
como es lógico, hablaban entre ellos en esa lengua. Fue un detalle
que me shockeó y estuve a punto de preguntárselo a una de las
azafatas, pero me contuve, un poco por vergüenza y otro para no
empezar a pelear recién llegado. En realidad todavía no estaba
llegado, porque como decía Gabriel García Márquez, la velocidad
de los aviones hace que muchas veces estemos de cuerpo en un
lugar pero todavía no de alma.
El aeropuerto contrastaba notablemente con el de Madrid.
Éste era ordenado, limpio y silencioso. Luego de recoger mi equipaje
salí hacia ese sábado gris, y cruzando la puerta automática encontré
a un señor con un cartel con mi nombre. Nunca me había pasado
eso, acostumbrado a viajar por mi cuenta y sin nadie que me
despidiera o recibiera. Era Gregorio, un taxista de Oñati que había
sido mandado por la universidad para buscarme y llevarme los
casi 50 kilómetros que distaba el lugar en el que tenía que alojarme.
Como buen vasco, Gregorio se mostró cauto y parco al principio,
observándome y casi estudiándome.
Pero eso duró solamente diez minutos. De a poco fuimos
rompiendo el hielo y entablando una conversación amena y
distendida, hasta llegar a los temas que buscaba abordar ya desde
mi primer contacto con alguien del lugar.
“Una vez vino un madrileño a estudiar y lo tuve que recoger
en el aeropuerto como a ti –me contó Gregorio–. Éste era uno de
esos típicos madrileños engreídos, de los que piensan que inventaron
el mundo y lo hacen notar. Entonces no aguanté más y cuando
estábamos más o menos cerca de llegar le dije: Mira, tú vendrás de
Madrid, con tu Escorial, con tu Puerta del Sol, con tu Cibeles, con
todas tus pesetas, pero… ¿sabes qué? Que cuando vas al baño a
cagar, hueles a mierda igual que yo”. La sabiduría popular.
Unos kilómetros más adelante, mientras pasaban por la
ventanilla colinas sembradas, caseríos y algunas vacas, Gregorio
ya se mostró frente a mí como un nacionalista convencido, aunque
no radical. Como muchísimos vascos, criticaba los métodos de ETA
pero más aún las políticas del Estado Español, como indefectiblemente
llaman a España.
Y su odio se enfocaba principalmente en los miembros de la
tristemente célebre Guardia Civil, una verdadera policía de
ocupación.
En el camino, le conté a Gregorio lo que había sentido cuando
en el avión se habló en castellano y en inglés pero no en euskera. Él
se quedó mirándome con sus grandes ojos celestes por el retrovisor:
“Eres el primer extranjero que repara en eso, el primero que me
dice algo así, que es una gran verdad, y que nosotros los vascos lo
sufrimos como una discriminación”. Gregorio era un tipo de unos
55 años, petiso, pelado y como dije ya con unos ojos de agua que se
inyectaban cuando la conversación lo apasionaba. Su taxi era un
Mercedes Benz que por sí solo denotaba el bienestar económico de
esta parte de Europa, por aquella época con el mayor PIB de toda
la Unión.
Mientras recorríamos los campos de Vizcaya, me iba
mostrando los pueblitos. En cada uno de ellos tenía una anécdota
para contarme o un amigo al cual hacer referencia. Me dijo que
con el taxi ganaba bastante bien y que cuando dejaba el volante se
iba al caserío a trabajar. El caserío es el establo, donde los vascos se
dedican a la cría de ovejas, vacas y cabras y al cultivo de la huerta.
Y la conversación volvió sobre el tema del idioma: “¿Sabes
qué pasa? Que los vascos no tenemos los cojones que tienen los
catalanes por ejemplo. Tú llegas a un grupo de catalanes que están
hablando en catalán, y ellos por nada del mundo van a dejar de
hablarlo para continuar en castellano, siguen con su catalán.
Nosotros en cambio, apenas llega alguien que no es vasco,
automáticamente cambiamos al castellano”.
El euskera
Habría que explicar algo respecto de esto último.
El catalán es una lengua latina, y dentro de todo se puede
entender algo. Por eso en Cataluña tal vez la gente habla
en catalán o los carteles están escritos sólo en catalán.
Pero el euskera es muy diferente y para el que no lo conoce
es inentendible. Es uno de los idiomas en uso más
antiguos del mundo, pero no tiene raíz común con ningún
otro conocido.
Algunos lingüistas le han encontrado cierto
parentesco con el húngaro y con el finés; hasta con el
armenio. Pero esas son teorías aún no demostradas. Lo
cierto es que el euskera no es ni siquiera un idioma
indoeuropeo, tronco principal del cual se desprenden la
rama latina (con derivaciones como el italiano, el
castellano, el francés, el portugués, el catalán, el gallego
y el rumano), la anglosajona (el inglés, el alemán y el
holandés, entre muchos otros) y la eslava (ruso, polaco,
checo, eslovaco, eslovenio, croata, serbio, etcétera).
Además, el euskera es el único idioma al que no se
le conoce trayecto migratorio, porque tampoco se le
conoce trayecto migratorio al pueblo vasco. O sea, tanto
los vascos como su lengua son antiquísimos y desde
siempre habrían estado donde están ahora, al norte de la
península ibérica.
Como sabemos, la lengua marca la cosmovisión de
un pueblo, marca la forma de pensar y de ver el mundo.
La lengua no sólo influye en la forma en que sus hablantes
ven el mundo, sino que puede controlar también su visión
del mismo.
Los esquimales, por ejemplo, tienen varias
palabras para designar nieve, según su consistencia o si
está o no cayendo. Los árabes tienen varias palabras
para los tipos de camellos, los escandinavos para los
renos, y en Argentina hay más términos que en España
para los caballos de distintos colores y características.
Siempre hay una identificación entre un pueblo y
su lengua, pero la que existe entre los vascos y el euskera
no la he visto en ningún otro pueblo del mundo, al punto
tal que el gentilicio de vasco en euskera es “euskaldún”,
que significa “persona que habla euskera”. O sea que no
se basa ni en la geografía, ni en la historia ni en la etnia,
sino en la lengua. Y Euskal Herria, como se dice País
Vasco, significa el pueblo del euskera.
Es tan importante la lengua en la formación de la
idiosincrasia y la personalidad de un pueblo que hasta
puede transformar su hábitat.
“Del idioma se deriva la mentalidad y de ésta la
forma de actuar.
Al pueblo que se le priva de su lengua se le altera la
mentalidad. Por ello tenía razón Arturo Campión cuando
decía que, en Navarra, con la pérdida del euskera se
transformó el paisaje. Es que los hombres se cambiaron
y después ellos, a su vez, cambiaron el paisaje en que
vivían para crearse el ambiente de acuerdo a su
mentalidad” (Federico Kruwig, Vasconia). “El euskera es
nuestro único territorio libre”, dice Joseba Sarrionaindia.
Esa noche, en la residencia donde me instalé, los otros
estudiantes me invitaron a comer un salmón al horno, bien típico
de la zona. Después vinieron varios Patxarán (licor típico de
Navarra, hecho de un tipo característico de bayas que se encuentran
en los bosques). Cuando pasaron las primeras copitas, le pregunté
a Jurgen, un chico de Bilbao que estudiaba allí: “¿en qué idioma
hablás cuando estás con tu familia o con tus amigos, en euskera o
en castellano?” Me contestó:
“Sabes una cosa, nos han reprimido tanto el idioma, durante
el franquismo a machetazos y durante la democracia con otros
métodos más cínicos, que ya no hablas, en ningún idioma, porque
hasta las ganas de hablar te han quitado”.
Fiestas patronales y Kale Borroka
Al otro día me despertaron los rayos del sol ya alto, y un
profundo perfume que venía de la plaza de enfrente, repleta de
tilos en flor. Me levanté y miré por la ventana esa plaza cubierta de
florcitas amarillas, y cuando me fijo al lado, me doy cuenta de que
no estaba solo en la habitación. También se estaba desperezando
Marek, un polaco que sería mi compañero de cuarto. Era tal su
interés en el problema vasco, que estudiaba euskera en Varsovia,
convencido de que entender su idioma lo llevaría a entender a su
gente. Con él fuimos esa mañana al pueblito de San Pedro, porque
era la fiesta del santo. Como era muy cerquita, a unos cinco
kilómetros, decidimos ir caminando.
A eso de las 11 de la mañana iban llegando las familias. Era
domingo y el pequeño pueblito estaba vestido de fiesta. Había
carteles con consignas a favor de los presos políticos vascos que
decían “Euskal presoak herrira etxerat”, que significa: que los presos
vascos vuelvan a casa. También había tablones largos donde cada
uno aportaba la comida que llevaba. Una banda tocaba mientras
un grupo de niños y niñas con trajes típicos bailaban en un prado
florido. En el escenario, tres bertsolaris se alternaban en un
contrapunto bien político, que me recordaba nuestras payadas.
Los vascos tienen la poesía de transformar en diversión las
tareas cotidianas del campo. Por ejemplo esos leñadores o aizkolaris,
que parados sobre troncos de igual grosor, compiten por ser los
más veloces con sus hachas. También cortar pasto, levantar piedras
enormes y hasta la habilidad de los pastores para guiar a sus rebaños
de ovejas se han institucionalizado como deportes rurales o “herri
kirolak”, además de la famosa soka tira, donde dos grupos miden
fuerzas tirando desde los dos extremos de una gruesa cuerda.
Luego de la fiesta de San Pedro, fuimos a Bergara y
Mondragón, dos bastiones del nacionalismo.
Mondragón se llama en realidad Arrasate. De igual
manera, Vitoria es Gasteiz; San Sebastián, Donostia;
Bilbao, Bilbo; Pamplona, Iruñea; y la lista podría seguir.
Hasta ese punto ha llegado la política lingüística del
imperio, no exenta de una cuidadosa y pensada estrategia
para ir borrando poco a poco la mismísima identidad de
un pueblo, un verdadero robo de identidad.
En las escuelas, durante décadas se implementó la
práctica del “anillo”. La cosa era así: cuando el profesor
escuchaba a un alumno hablar en euskera, le daba el
anillo para que se lo pusiera. Éste iba pasando a los otros
estudiantes que cayeran en igual “falta”. Al final de la
hora, el que lo tenía era azotado.
Era domingo. No había mucho movimiento en Arrasate
(Mondragón), y esto hacía que se pudiera apreciar mejor todo lo
que la ciudad silenciosa nos decía. A través de las paredes llenas de
graffitis y de los pasacalles que pululaban en las kaleas (callejuelas),
la ciudad nos gritaba, a veces nos aturdía e intimidaba, nos estaba
hablando permanentemente y casi se nos venía encima. En
momentos era apabullantemente misteriosa, y en otros, como si
nos hubiera recibido con el corazón abierto, mostrándose
íntegramente, desnuda en su esencia.
“Independentzia eta sozialismoa” (Independencia y
socialismo); “Euskaldunontzat ez dago justiziarik” (No hay justicia
para los vascos); “Eskubideak borrokatu” (Luchemos por los
Derechos Humanos); “Bietan jarrai” (Continuamos en la senda);
“Amnistia a askatasuna” (Amnistía y libertad); “Jaietan ere borroka
da bide bakarra” (En las fiestas, también la lucha es el único
camino); “Jaia bai, borroka be bai” (Fiestas sí, lucha también);
“Ez gaituzte ixilduk” (No nos mantendrán callados); “Alcala
Algeciras eta Zaragozan gure presoak borrokan erantzun beharrean
gaude” (Alcalá, Algeciras y Zaragoza, nuestros presos esperan la
respuesta en la lucha); y “Stop PPSOE fascistas” (en alusión al PP
y al PSOE).
Eran solamente algunas de las leyendas que decoraban
aquella típica ciudad europea mediterránea, con callecitas
empedradas, zigzagueantes, casas blancas de dos o tres pisos con
techos a dos aguas y tejas rojas.
Se percibía que no había en el lugar mucha oposición a esas
consignas, porque ninguna de ellas estaba tachada ni borrada.
Desde Arrasate fuimos a Bergara, y encontramos un
panorama muy parecido: poca gente en las calles y muchas
consignas, aunque era una ciudad más pequeña y tal vez más
bonita.
Un año antes, en el 2001, en Bergara se había
producido una recordada explosión de la Kale Borroka
(Lucha Callejera). Éstas son encabezadas por jóvenes
nacionalistas radicalizados que toman por asalto las
calles y queman autobuses y cajeros de bancos, en
protesta contra las políticas españolistas.
Caminando perdidos por las callecitas serpenteantes de
Bergara, llegamos a la Gaztetxea, término que literalmente quiere
decir “la casa de los jóvenes”. La terminación “etxea” significa casa.
Entramos en un lugar muy under pero al mismo tiempo
sumamente acogedor, que invitaba a quedarse. Era un bar con las
paredes repletas de inscripciones (la mayoría en euskera), pósters
y remeras. Había dos chicos de unos 20 años y sonaba de fondo
una música de Metallica. Teníamos calor y sed. Como no nos atendía
nadie, le preguntamos a uno de ellos, quien nos explicó que allí
nadie atiende sino que cada uno se sirve lo que quiere y de acuerdo
a una lista de precios que estaba en la pared, deja el importe de lo
que consumió.
Funciona como una cooperativa, y las ganancias, que son
mínimas, sirven para el mantenimiento del lugar. Los dos estaban
tomando cerveza y fumando, y aunque el lugar no es una entidad
política, se utiliza como centro de reunión para los chicos de la
Kale Borroka, que son cada vez más jóvenes, de entre 15 y 18 años.
Se reúnen en acciones organizadas y salen a romper todo por la
calle, principalmente cualquier símbolo español, pero no atacan
directamente a personas. Nunca se ha reportado un incidente serio
ni un atentado con víctimas civiles de la Kale Borroka. Sí se
enfrentan abiertamente con la policía, tanto con la Ertzaintza
(policía autonómica vasca) cuanto con la Guardia Civil (policía
militar, y de amargo recuerdo para los vascos en los tiempos de la
dictadura) con palos y bombas molotov. Muchos de ellos, cuando
tienen la suficiente experiencia, pasan a ETA.
Pamplona era una fiesta
Yo había conocido a dos chicos de la ciudad de Errentería,
cerca de San Sebastián: se llamaban Txema y Ángel. Con ellos y
Marek, el polaco, pasamos toda la noche de bar en bar, como son
las noches de los Sanfermines. A las 10 de la mañana, en uno de
los tantos bares, y entre el humo, los vahos de alcohol y la música
trasnochada, se armó el lío entre los dos de Errentería y otros dos
que eran de la Kale Borroka, de la ciudad de Vitoria.
El conflicto vasco está tan diseminado por todos lados como
tapado y disimulado, que a veces puede ocurrir que uno se pone a
conversar sin darse cuenta con alguien que resulta estar muy metido
dentro de uno u otro bando. En este caso, ni siquiera eso.
Simplemente existían diferencias (de fondo y de larga data) entre
uno de los de la Kale Borroka y Ángel, de los de Errentería.
Todo empezó cuando entró al lugar un joven de aspecto
normal y corriente y se trenzó inmediatamente en una áspera
discusión con Ángel. ¿Los motivos? Alguna bronca vieja. Distintos
grados de compromiso en la lucha callejera, y hasta el fútbol, porque
los de Vitoria eran hinchas del Alavés, y los de Errentería de la Real
Sociedad.
En el País Vasco, el conflicto se respira en el aire, se siente, o
más bien se presiente. Y puede estallar en cualquier momento. Y
estalló.
Después de un breve choque verbal, se fueron a las manos y
terminaron rodando por el piso, sin que nadie pudiera separarlos.
Luego de varios minutos, cuando se hubo calmado la
situación, los dos se fueron al baño a lavarse las heridas, y yo quedé
en la barra con el otro de la Kale Borroka, un muchacho de unos
20 años, compacto y fornido, que tenía pinta de ser realmente un
“peso pesado”. Me preguntó si estaba con Ángel y Txema, y le conté
que los había conocido esa noche. “Te salvas porque eres argentino,
estás fuera de esto, pero no andes con este tipo de gente, porque
culpa de ellos, de los tibios, a nosotros la Ertzaintza nos encarcela y
nos tortura”, sentenció.
Cuando le pregunté su nombre, me dijo que se llamaba Txabi,
aunque dudo que haya sido verdad. Yo, entre el alcohol y el
cansancio, hacía esfuerzos por hacerle entender que todos estaban
del mismo lado, que en última instancia sus enemigos deberían ser
otros. Su respuesta fue tajante: “Ten cuidado con quien te juntas,
no vaya a ser que la pagues tú por los traidores. Ahora has estado
a punto de morder el polvo”. Cuando se fueron, el chico del pub me
dijo quiénes eran en realidad y que las amenazas iban en serio.
Pamplona es vasca, no hay dudas, igual que toda
Navarra, por motivos históricos, culturales y
económicos, respetando sus propias características y los
matices que puedan tener los navarros con los otros seis
territorios históricos vascos (Álava, Guipúzcoa, Vizcaya,
Lapurdi, Zuberoa y Baja Navarra).
Pero desde hace tiempo, los gobiernos pro
españolistas de Navarra han cortado los fondos de
educación para el fomento del euskera y han llegado al
extremo de recortar los fondos de coparticipación como
castigo a aquellos municipios que osaran poner la
Ikurriña (bandera vasca) en sus balcones.

¿Qué parte francesa?
“Un vasco no es ni español ni francés, es vasco”
Víctor Hugo
El domingo 21 de julio, a las 9 de la mañana y casi sin dormir
me pasó a buscar por El Antiguo (coqueto barrio de San Sebastián)
Oskar, un amigo. Iba con su hijo Aritz (que significa roble) y tres
amigas más. Fuimos a las fiestas patronales de Elizondo, un
pequeño pueblito del Valle del Baztán, en el norte de la Navarra del
Estado español.
Nos recibió una brisa gélida que atravesaba los huesos. Todo,
pero absolutamente todo, se veía, olía y sabía a vasco. Desde el
club de pelota vasca donde tomamos el aperitivo al llegar, pasando
por el almuerzo y hasta la música que se escuchaba. Todo el mundo
hablaba solamente euskera, excepto cuando llegaba yo. Y en el
desfile de carrozas, los motivos eran o costumbristas y folclóricos
vascos o políticos en reclamo por los presos políticos ligados a ETA
o Batasuna. Es más, había varios grupos llegados del otro lado de
la frontera pirenaica, del mal llamado lado francés (aquí se le dice
“el norte” a secas). O sea de Zuberoa y Baja Navarra, sobre todo.
Los bailes, atuendos e idioma eran iguales para mí. Claro que luego
Oskar me hizo ver las sutiles diferencias en la vestimenta y en los
instrumentos que tocaban (todos los grupos llegados del norte del
País Vasco tenían una flauta muy típica que acompañaba el ritmo)..
Aquí no existe “el lado francés” o “el lado español” porque
para un vasco Euskadi es una sola, como para un irlandés no hay
Irlanda del Norte o para un mapuche no hay mapuches chilenos
ni mapuches argentinos. Es corriente oír a los vascos hablar del
norte y el sur, o de Iparralde, cuando se refieren al norte bajo
soberanía del Estado francés, y Hegoalde, o parte Sur, a este lado
de la frontera.
En las rutas, por ejemplo, están tachados los carteles que dicen
Francia.
Desde muy cerca de la Catedral del Buen Pastor, en pleno
centro de San Sebastián, uno puede tomar “el Topo”, una mezcla
de tren con tranvía, que pasando por Pasaia, Errentería e Irún
llega a la frontera en una media hora. Del otro lado del límite está
Hendaya, pero por supuesto que no hace falta mostrarle el pasaporte
a nadie, y uno se da cuenta de que está en el Estado francés, porque
las segundas leyendas de los carteles están en ese idioma y no en
castellano.
Hendaya tiene dos centros, uno histórico alrededor de la
Iglesia de San Vicente, antiguo y blanco, con un hermoso mercado,
y otro recostado sobre la costa, con sus playas y sus instalaciones
turísticas, igual que en Saint Jean de Luz, Guéthary, Bidart y
Biarritz, paraísos de la costa vasca norte sobre el Mar Cantábrico.
En el centro histórico todas las mañanas se hace el mercado
del pueblo, que ve desfilar por igual a lugareños y turistas.
Agudizando la vista y el oído se percibe quién es quién por el idioma
que habla. La mayoría de las compras cotidianas como el pan y el
queso se hacen en euskera. Pero también está “Le musée du gateau
basque” u “Ortillopitz, la maison basque”. En eso se nota un cierto
regionalismo folclórico y hasta un poco ficticio, porque el Estado
francés ha hecho de la costa del País Vasco norte un exclusivo
centro turístico, sobre todo como destino final junto al mar de
muchos jubilados parisinos.
Pero si se recorren los distintos pueblitos del norte, se
encuentra el mundo vasco más profundo, igual que del otro lado
de los Pirineos. En Zugarramurdi, en Dantxarinea, en Baigorrí, en
Saint Jean Pie de Port o en Etcharry, se pueden tomar los mismos
txacolí y patxarán, se pueden comer los mismos pintxos y se puede
ver un partido de pelota vasca, con pelotaris tan buenos como en
San Sebastián o Bilbao.
Desde el puerto de Hendaya, en vez de volver en “el topo”,
tomé una pequeña embarcación y atravesé la Bahía de Txingudy
hasta Hondarribia, otra vez dentro del Estado español.
En el Barrio Viejo, los antiguos edificios de dos o tres pisos
rejuvenecen con la cantidad de malvones que cuelgan de los
balcones, mientras los viejitos con boina se pasean con un pan recién
comprado bajo el brazo.
Al lado de Hondarribia está la isla de los Faisanes, sobre el río
Bidasoa que divide el Estado español del Estado francés. Es un caso
extraño, porque es tierra de nadie. No es de España ni es de Francia,
aunque nadie duda de que es del País Vasco.

San Sebastián, una gastronomía en miniatura
San Sebastián es una ciudad maravillosa. Decir que es una
París en escala significa menospreciar su espíritu tan particular,
pero es verdad que, al menos arquitectónicamente, recuerda mucho
a la capital francesa. En especial, los elegantes puentes sobre el río
Urumea que atraviesa la ciudad.
La Bahía de la Concha es uno de los accidentes naturales
mejor complementados con una ciudad. Sus atardeceres detrás de
la isla de Santa Clara son simplemente maravillosos. En sus calles
y plazas flota el esplendor de la Belle Epoque, no perdido pero sí
reciclado en algo mucho más moderno y liberal. Y en todas partes
hay alguna huella de su más destacado artista, el escultor Eduardo
Chillida. La mejor y más conocida es El peine de los vientos, una
escultura surrealista de hierro oxidado que está incrustada en el
acantilado de la punta de la Bahía de Ondarreta, allí mismo donde
termina San Sebastián y rompen las olas.
Una tarde gris de viento y frío, caminando hasta allí, me
encontré con un cortejo y un grupo de personas que estaban tirando
las cenizas de alguien al mar. Era una escena sobrecogedora, pero
también atrayente. No había forma de no desear ese destino cuando
llegara la hora, mucho más romántico que el de terminar bajo
tierra.
La parte histórica, conocida por los donostiarras como “Lo
Viejo”, es una de las zonas más bellas de toda Europa, con callejuelas
plagadas de bares y restaurantes, donde a la vuelta de cada esquina
espera una sorpresa, arquitectónica, histórica, pero también
gastronómica.
Esta noche me junto con Mikel a las 20 en la Plaza Sarriegui,
en el bar La Morena. No ha llegado todavía, y lo espero tomándome
un txakolí, que es un típico vino blanco espumante, pero seco.
A pesar de ser martes, los barcitos que rodean la plaza se
empiezan a llenar de gente que charla animadamente, sobre todo
grupos que se sientan en las terrazas o que discurren de pie dentro
de los bares, entre el bullicio, los pintxos y los buenos vinos. Y a
veces, como éstos quedan chicos, la gente desborda a la calle, sin
ningún problema para tomar una copa con el perdón y la
comprensión de los vecinos que más de una vez dejan de lado sus
ocupaciones o su descanso para unirse a la romería.
Con un poco de retraso llega Mikel junto a su novia Macu,
que ha venido a visitarlo desde Asturias. Con ellos iniciamos un
peregrinaje por los mejores lugares de San Sebastián. Tengo un
guía de lujo, un bon vivant de los que quizá en otros lugares están
en extinción, pero que aquí abundan.
Así como hablamos antes de que la lengua, la cocina y la
gastronomía son también parte sustancial de la cultura de un
pueblo, significan más que una necesidad vital, un verdadero arte
y un placer. Y mucho más en el País Vasco, donde no se come
simplemente para alimentarse, sino también por gusto, por amor
y por pasión. Existe una verdadera gastronomía en miniatura, y lo
que en España se conocen como tapas, en el País Vasco se llaman
pintxos. Son bocaditos de todo tipo y variedad. Aquí llevan
principalmente pescado y mariscos con la típica salsa pil pil. Pero
también jamón serrano, ibérico, pimientos y mil ingredientes más
combinados de otras mil formas.
El vino. El vino es un capítulo aparte. Se puede pedir por
botella o por copa, pero como generalmente uno va saltando de
fonda en fonda, se pide una copa de Rioja Alavés aquí, un Crianza
más allá y así se va probando y saboreando de a poco la noche.
Pero si en San Sebastián el rey de los vinos es el txakolí, el
Rioja Alavés tiene su bastión medieval en Vitoria, capital
administrativa de la Comunidad Autónoma Vasca. Y más si está
bien servido en El Portalón, un restaurant que funciona en uno de
los edificios más bellos y antiguos de la ciudad, de fines del siglo
XV. Entre ostras y chipirones (calamares) en su tinta negra, Ángeles
y Gorka reconocen lo difícil que es tener que andar todo el tiempo
con custodia, por miedo a ser blanco de un atentado de ETA. Y
todo por diferencias de matices, por acusaciones de traiciones o de
una supuesta falta de firmeza en el proyecto nacionalista.
Igual que en la pelea de los chicos de la Kale Borroka con los
de Errentería.
-¿Sabes cuál es la diferencia entre la ETA y el IRA irlandés?
–me pregunta Gorka.
-No –le digo mientras disfruto del Rioja sin distraerme.
-Me lo contó tiempo atrás, tras el alto el fuego del IRA, un
dirigente republicano irlandés. Decía que la diferencia era que el
IRA y el Sinn Fein (su brazo político) encajan perfectamente y
coordinan sus estrategias políticas y militares. Son así –y Gorka
hace coincidir los dedos de sus dos manos–. Y el mismo dirigente
añadía que aquí, en cambio, ETA está por encima de Batasuna –y
entonces pone su mano derecha sobre su mano izquierda–.
-En esas condiciones, se hace muy difícil avanzar hacia el
alto el fuego definitivo y la negociación política —remarca Gorka.
Salgo de El Portalón y doy unas vueltas por esta hermosa
ciudad de Vitoria-Gasteiz. Su parte vieja parece hecha especialmente
para ser caminada. Su mágico encanto fue descripto por muchos
poetas, pero el novelista Ignacio Aldecoa fue sencillo y certero: “La
ciudad tiene un aire encantado, un aire de ciudad de cuento
apresada bajo una campana de cristal, que fulge, que transmite
noticias importantes al viajero con un sutil parpadeo”.
Antes de subir al auto que me llevaría de vuelta a Oñati,
Ángeles me toma de la mano y me dice mirándome a los ojos:
“Aprovecha este tiempo para conocernos realmente”. Esta frase
me retumba aún en la memoria.
Bilbao, fútbol y revolución
En un bar cerca del estadio San Mamés, sobre la Avenida
Sabino Arana, Xabier me invita otra cerveza y me dice: “Y sí, en el
Athlétic Bilbao nunca hubo ningún jugador que no fuera vasco,
por eso es mucho más valiosa toda la gloria que tiene este club, no
como los otros que compran a cualquier español”. Se está refiriendo
despectivamente al Deportivo Alavés de Vitoria, a la Real Sociedad
de San Sebastián y al Osasuna (en euskera significa salud) de
Pamplona, los otros equipos vascos que participan de la liga
española. Incluso esa participación está muy cuestionada por
algunos nacionalistas radicales que son partidarios de que se haga
una liga local sin mezclarse con los equipos de España, como ocurre
en Escocia, que sin ser un Estado independiente tiene su propia
liga de fútbol totalmente aparte de la inglesa. Si el País Vasco tuviera
una liga propia, su selección (que usa camiseta verde con vivos
rojos y blancos) podría intervenir en las competencias de la FIFA.
Incluso hay proyectos de que esa liga vasca incluya a equipos de
Iparralde, o sea de la parte bajo soberanía francesa.
“Eso sería fantástico, lástima que saldríamos siempre
campeones los del Athletic”, comenta Xabier mientras enciende
un cigarrillo.
Así como el Real Madrid de Alfredo Di Stefano fue
durante los años ‘50 el exitoso embajador franquista en
las competiciones europeas, hubo dos equipos de fútbol
durante los años ‘30 que hicieron su parte en el exilio a
favor de la causa republicana. “Durante la guerra en
España, dos equipos peregrinos fueron símbolos de la
resistencia democrática. Mientras el general Franco, del
brazo de Hitler y Mussolini, bombardeaba a la España
republicana, una selección vasca recorría Europa y el
club Barcelona disputaba partidos en Estados Unidos y
en México. El gobierno vasco envió al equipo de Euskadi
a Francia y a otros países con la misión de hacer
propaganda y recaudar fondos para la defensa.
Simultáneamente, el club Barcelona se embarcó hacia
América. Corría el año 1937, y ya el presidente del club
Barcelona había caído bajo las balas franquistas. Ambos
equipos encarnaron, en los campos de fútbol y también
fuera de ellos, a la democracia acosada”, cuenta el
escritor uruguayo Eduardo Galeano en su libro Fútbol, a
sol y sombras.
“Mira si seremos revolucionarios los vascos que gracias a la
emigración dimos tres de los más grandes hombres de la historia
universal: Simón Bolívar, José Gervasio de Artigas y el Che
Guevara”, reflexiona Xabier mientras mira a un grupo de obreros
que salen de la fábrica y pide otra.
Guernica, el corazón vasco
“Guernica es el pueblo más feliz del mundo. Sus asuntos los gobierna una
junta de campesinos que se reúne bajo un roble, y siempre toman las
decisiones más justas”.
Jean-Jacques Rousseau, a fines del siglo XVIII, a su vuelta del País
Vasco, en la París pre revolucionaria.
Como no podía ser de otra manera, termino mi viaje en
Guernica, el corazón del País Vasco. Allí se juraban los fueros (las
leyes) bajo el Árbol de Guernica, un viejo roble que se ha ido
renovando con los siglos. Hoy sigue simbolizando el espíritu vasco
que se transmite de generación en generación, el alma de Euskal
Herria, y es también el sitio donde jura su cargo cuando asume el
Lehendakari (presidente de la Comunidad Autónoma Vasca).
Así como Vitoria es la capital administrativa, Bilbao la capital
industrial y financiera y San Sebastián la capital cultural, Guernica
es la capital espiritual del País Vasco. Es una ciudad llena de pasado,
llena de símbolos. Por eso no fue casual el bombardeo de Guernica
del 26 de abril de 1937.
Era plena Guerra Civil Española y los vascos se
habían declarado abiertamente a favor de la República.
El País Vasco era un verdadero bastión republicano y
por eso fue elegido como blanco del primer bombardeo
aéreo de una ciudad abierta en la historia de la
humanidad. Era un martes de mercado y la gente hacía
sus compras desprevenida. De pronto se escucharon los
motores de los aviones de la División Cóndor, de la
aviación nazi aliada del franquismo. En un rato
convirtieron a Guernica en un infierno y dejaron más de
1.600 muertos.
Uno de los cuadros más trascendentales de la
pintura universal da testimonio de este horror: el
Guernica de Pablo Picasso.
Este genio, andaluz de nacimiento pero hijo de
padre vasco, no trata de mostrar ni cronicar el
bombardeo, sino que transmite desde bien adentro un
grito universal de dolor.
Luego de la caída de la República, Picasso se fue de
España y prometió no volver mientras gobernara Franco.
Durante la Segunda Guerra Mundial vivía en París, y
durante la ocupación alemana, unos soldados nazis
allanaron su atelier, y quedaron estupefactos cuando
vieron el Guernica. “¿Esto lo hizo usted?”, preguntó el
oficial nazi. “No, esto lo hicieron ustedes”, respondió
Picasso.
Paradójicamente, o no tanto, el cuadro no está en
Guernica. Ni siquiera en alguno de los grandes museos
de Bilbao (el Guggenheim o el de Bellas Artes). Está en el
Museo Reina Sofía de Madrid. Otro ejemplo de que en
tiempos de paz, sin bombas ni muertos, continúa la
agresión y la usurpación española hacia el pueblo vasco.
Ni siquiera este testimonio del horror puede estar donde
debiera, sino que está preso en uno de los más importantes
símbolos de la realeza y del imperialismo español.
En el vuelo de vuelta desde Bilbao a Madrid tampoco las
azafatas dan las instrucciones en euskera.

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