Mariano Saravia
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Especialista en Política Internacional

Cuadernos de un Viajador. Capítulo 3: Guayana

septiembre  2018 / 4 Comentarios desactivados en Cuadernos de un Viajador. Capítulo 3: Guayana

GUAYANA
Alguien me dijo que en la Guayana todo es paradójico. Y es
cierto, porque es tropical pero el calor no asfixia. Es ecuatorial pero
llueve y sale el sol alternadamente casi todo el día. Es un país con
un mar fantástico, pero casi no se disfruta, por el clima y por los
tiburones. En Cayenne, por ejemplo, ni siquiera se lo ve por los
manglares. No es una ciudad que mira al mar, sino que le da la
espalda. Alberga la base espacial desde donde se lanzan cohetes y
satélites. Es decir que une la Tierra con el espacio exterior. Sin
embargo, no sucede lo mismo con sus ciudades y pueblos porque
prácticamente no tiene carreteras. Casi todo es importado. Muy
poco o nada se produce en el país. Y lo peor y más incomprensible,
estamos en Suramérica, pero en realidad, ¡estamos en la Unión
Europea!
Hablamos del extremo nororiental de nuestro continente. Si
nos acordamos de lo que estudiamos en el colegio, la que está más
a la derecha de las tres Guayanas. Tiene 92 mil kilómetros cuadrados
(como la provincia de La Rioja) y 300 mil habitantes. Y no sabemos
nada de ellos.
Me llamaba la atención que existiera en Suramérica, en pleno
siglo XXI, una situación colonial típica del siglo XIX –similar a la
de las islas Malvinas, aunque no igual–. Pero lo que más me
impactaba era que a nadie le sorprendiera, ni en mi país ni en los
otros de Suramérica.
De verdad, nadie sabe de la existencia de la Guayana. Y lo
peor es que pareciera que ni siquiera les importara saber. Tampoco
de la República de Guyana ni de la República de Surinam. Aunque
en estos casos, al ser independientes y participar de la Unión de
Naciones Suramericanas (Unasur), algo se conoce. De la Guayana,
nada de nada.
Por esta situación combinada de injusta situación colonial,
por un lado, y de desconocimiento y apatía generalizada, por el
otro, es que decidí viajar a la Guayana en el año 2012. No fue nada
fácil. Primero por lo caro que me significó el viaje. No sólo el pasaje
en sí, sino también la estadía, ya que era como viajar a Francia,
con todos los precios en euros. Pero además del dinero, fue muy
difícil por otros varios motivos.
Tuve que estar a las dos de la madrugada en el aeropuerto de
Córdoba, para salir a las cuatro y llegar a Porto Alegre a las seis.
Luego de una escala de una hora, otro vuelo hasta Río de Janeiro,
donde después de varias horas me trasladé en otro hasta Belem, y
luego en otro hasta Macapá, la última ciudad al norte de Brasil,
adonde llegué a las 11 de la noche. Allí dormí y tuve que esperar
hasta las siete de la tarde del día siguiente para abordar el bus hacia
Oiapoque, el pueblo fronterizo con Saint George. Luego de un viaje
largo, cansador e incómodo, llegué a la mañana siguiente. Ahí
realicé los trámites normales en la policía brasileña y me dirigí a la
canoa para cruzar el río. Hasta ese momento, fuera de lo largo y
cansador de la travesía, nada raro para alguien que está
acostumbrado a recorrer Suramérica.
Por suerte, desde la existencia de Unasur, basta
llevar el documento y no hay tantos problemas como antes,
entre otras cosas porque ahora los países somos socios
políticos y comerciales y no enemigos, como en los años
de las dictaduras militares avaladas por los Estados
Unidos.
Pero el gran shock fue cuando bajé de la canoa del otro lado
del río Oyapoque. Ver la bandera francesa y la de la Unión Europea
fue impactante. Y más aún, shockeante y hasta denigrante, tener
que explicar a los gendarmes franceses por qué viajaba a la Guayana,
para qué, mostrar no sólo mi pasaporte sino también tarjetas de
crédito y hasta el dinero en efectivo. “¡Pero si estamos en Sudamérica,
en mi Patria Grande! Ustedes son los que me deberían explicar qué
hacen aquí”, tuve ganas de decirles. Me callé para no terminar mi
viaje antes de empezarlo.
Cuando pude liberarme de los gendarmes, tomé una
camioneta que me cobró 30 euros para llevarme 180 kilómetros
hasta Cayenne. Se me ocurrió comprar una botellita de agua porque
tenía sed. Cinco euros, ya que era Evian, traída de Francia. Ya en
Cayenne, el hotel 70 euros y una cena barata, 20 euros. Pero al
menos estaba finalmente instalado en un lugar seguro y había
comido, cosa que no pude hacer en los últimos dos días. Había salido
de mi casa el martes a la noche. En el ocaso del día viernes, recién
me estaba acomodando en mi lugar de destino.
Tres días nos separan. Y un gran desconocimiento
mutuo. Y pensar que somos todos suramericanos, que
deberíamos conocernos mucho más y que, si existieran
rutas aéreas o terrestres como nos merecemos, el viaje
debería ser muy distinto. ¿Cómo puede ser que desde mi
ciudad, esté en Madrid en 12 horas, y por el contrario tenga
que viajar tres días para llegar a Cayenne? Eso no es
casualidad. Es porque alguien lo quiso así.
Tuve la suerte de que esa noche era el cierre de la campaña
para las elecciones legislativas, por lo que había un acto del
Movimiento de Descolonización y Emancipación Social (MDES)
en la Plaza de las Palmeras. Allí conocí a Jean-Victor Castor, a
Servais Alexandre y a Raymond Charlotte. Como es lógico, ellos
habían averiguado algo sobre mí e inmediatamente se pusieron a
mi disposición, no sólo desde el punto de vista político sino también
humano. Y sinceramente me hizo bien, porque a esa altura
empezaba a extrañar mucho a mi familia, sobre todo a mis dos
hijas, de dos y un año.
El sábado me llevaron a ver la situación en que viven los
brasileños que trabajan en la construcción y que luchan para no
ser desalojados de las precarias casas que ocupan. Luego hablé con
haitianos y hasta con algunos de los cientos de comerciantes chinos
que abundan por todos lados en Cayenne. También con
representantes de la comunidad amerindien y con algunos europeos.
Y por supuesto, con gente creole. En general, palpé que el
sentimiento nacional del ser guayanés todavía está en etapa
embrionaria, algo comprensible, y que el trabajo de mis amigos del
MDES y de otras organizaciones va en esa dirección. En definitiva,
la Guayana deberá constituirse en una Nación antes de conformar
un Estado. Como ocurrió con cualquiera de nuestros países hace
200 años. En 1812, Belgrano y San Martín empezaron un trabajo
de hormiga. Más que las batallas que ganaron contra los realistas,
su monumental tarea fue explicar a los habitantes de estas pampas
el sueño que los guiaba, conformar las Provincias Unidas del Río
de la Plata que más adelante sería Argentina.
En general, esta falta de sentimiento guayanés, al igual que
el sudamericano, es el resultado exitoso de la política colonialista
de los franceses, que sigue claramente aquel dicho de “divide y
reinarás”. El régimen colonial dividió y sigue dividiendo a los
habitantes de la Guayana. Le conviene que cada uno siga viviendo
su propia realidad: los blancos, los creoles, los amerindios, los
buchinengos, los haitianos, los brasileños, los dominicanos, etc.,
etc. Igualmente, tener a la Guayana y a los guayaneses absolutamente
desconectados del resto de Sudamérica. Es más fácil viajar
desde Cayenne a París que a Paramaribo, capital de Surinam, o a
Macapá. Y todo lo que se consume viene de Francia. ¿Por qué?
Porque ese es el abc del colonialismo. Generar una dependencia
total de la metrópoli y aislar a la colonia de sus vecinos y hermanos.
Hablo de que falta sentimiento sudamericano y no
latinoamericano porque el concepto de Sudamérica no es
sólo una definición geográfica sino, sobre todo, una
definición política. Sudamérica es un bloque políticamente
más homogéneo y ha sido en los últimos años el único
lugar del mundo donde se recuperó la discusión ideológica.
Si bien hoy está en franco retroceso por la restauración
liberal conservadora, hay en discusión proyectos muy
enfrentados en lo social, económico y hasta civilizatorio.
Después de la caída del Muro de Berlín, entramos en
el mundo en una etapa de hegemonía total del capitalismo,
en lo económico, y de los Estados Unidos, en lo políticomilitar.
Ahí estaban las tesis de Francis Fukuyama, quien
nos decía que la historia había terminado y que las
ideologías habían muerto. Esa etapa de vacío ideológico
total y dominio absoluto del neoliberalismo continúa
todavía, no sólo en Estados Unidos y su zona de influencia,
sino sobre todo en la vieja y decadente Europa.
Sin embargo, hay un lugar en el mundo donde la historia
está viva, donde los pueblos están vivos y demostrándole al planeta
que otro mundo es posible. Ese lugar es Sudamérica. Y aunque
Francia les haya hecho creer a muchos guayaneses lo contrario,
ustedes guayaneses están en Sudamérica.
A fines de los años ’90 en un país sudamericano
llamado Venezuela ocurrió algo impensable: ganó las
elecciones un militar nacionalista de izquierda,
bolivariano, patriota, con una clara concepción de que
pertenecemos a una Patria Grande que se llama
Sudamérica. A partir de allí, se desató un huracán
revolucionario en su país que comenzó a expandirse a otros
como Ecuador, Bolivia, Argentina, Uruguay, Paraguay y
Brasil. En cada caso con sus diferencias, con sus distintos
procesos y tiempos, pero por primera vez en la historia se
juntaron en Sudamérica seis o siete presidentes que
pensaron más en sus pueblos que en las oligarquías locales
y en los intereses imperiales de turno.
La reacción del Imperio (Estados Unidos y el poder
financiero internacional) y de las oligarquías locales fue
proporcional a los cambios profundos en desarrollo. Por
eso se desató una ola de neogolpismo que comenzó con el
golpe de Estado fallido en Venezuela en el año 2002.
Aunque no sea Sudamérica se puede mencionar el golpe
contra Jean-Bertrand Aristide en Haití en 2004, luego el
intento de golpe contra Evo Morales en Bolivia en 2008, el
golpe contra Zelaya en Honduras en 2009, el intento de
golpe contra Rafael Correa en Ecuador en 2010, el golpe
que sacó del poder en Paraguay a Fernando Lugo en 2012
y el que destituyó a Dilma Rousseff en Brasil en 2016.
Estos neogolpes de Estado son muy distintos a los
de los años ’70 u ’80, protagonizados por los ejércitos
apoyados por la CIA y el Departamento de Estado de
Estados Unidos. Y aunque ahora también está Estados
Unidos, lo hace a través de fundaciones y ONGs (como la
USAID o la NED), mientras que los militares han sido
reemplazados por el poder corporativo mediático, es decir
por los grandes medios de comunicación y sus periodistas
mercenarios. Por eso, algunos golpes, como los de
Honduras, Paraguay o Brasil, son presentados mentirosamente
como sucesiones constitucionales, y quien
asume el poder no es un general sino un civil.
Lo que quiero decir con esto es que en Sudamérica
la historia se está escribiendo en este momento. Por un
lado, Sudamérica es un faro de esperanza para los pueblos
del mundo, mientras por otro, se ha constituido en la
mayor amenaza para Estados Unidos y el poder financiero
internacional, para la intención de instalar una dictadura
global a través del complejo militar-industrial
estadounidense y los bancos.
Por este motivo, ellos también están reaccionando.
Los neogolpes de Estado son sólo una de sus formas. Otra,
es la instalación de bases militares estadounidenses en
los países que todavía están gobernados por la derecha:
Panamá, Colombia, Perú, Chile y ahora Paraguay. A esto
hay que sumarle haber rehabilitado la Cuarta Flota de los
Estados Unidos que estaba inactiva desde la Segunda
Guerra Mundial. Esta poderosa Cuarta Flota surca
impunemente hoy los mares del Atlántico y del Pacífico
Sur. Y otra forma de reaccionar es con sus enclaves
coloniales, que son dos en Sudamérica: las Islas Malvinas
y la Guayana.
Desde las Islas Malvinas (usurpadas a la Argentina)
los ingleses están militarizando todo el Atlántico Sur, con
más de 3.000 soldados, acorazados y hasta un submarino
nuclear. Y no se trata sólo de las Islas Malvinas, sino de
todo el Atlántico Sur, una zona geoestratégica muy
importante por el paso al Pacífico, pero también al Mar
Índico, a Asia y, sobre todo a la Antártida, una de las
mayores reservas de agua y de biodiversidad del planeta.
Una situación similar se produce en la Guayana,
donde los franceses mantienen no sólo una colonia
absurda e injustificada, sino que además están
militarizando cada vez más el otro extremo de nuestro
continente sudamericano. Y esta zona también es
importante geoestratégicamente, porque es la puerta de
entrada al Caribe y desde allí se puede controlar Venezuela
y Brasil.
Hay dos datos que no pude conseguir durante mi viaje a la
Guayana: cuánto dinero se lleva Francia por la Base Espacial de
Kourou, y cuántos soldados y armamentos tienen los franceses en
ese lugar. Seguramente mucho más que lo que tienen los ingleses
en las islas Malvinas. Si en Malvinas nosotros denunciamos que
hay 3 mil soldados ingleses, en la Guayana hay al menos 30 mil
soldados franceses, entre el ejército regular, Gendarmería, policías
y Legión Extranjera. Sin contar los espías. Es una verdadera base
de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) para
contribuir a la dominación territorial y militar de nuestra Patria
Grande.
Según Marie-Claire Newton, del MDES, “con la llegada de
Galileo (el satélite militar), Francia cuenta con 40.000 hombres,
barbouzes (agentes no oficiales), jubilados pero en actividad bajo el
comando del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas y los servicios
de inteligencia destacados en Guayana, con capacidad para
intervenir contra independentistas guayaneses y los pueblos o
gobiernos solidarios en lucha contra todas las formas del
imperialismo en el continente”.
Además de ser un insulto al pueblo guayanés, esto es una
grave amenaza para toda Sudamérica. Y es lamentable que los
pueblos sudamericanos no conozcan esta realidad.
Esto motivó mi viaje a la Guayana: hacer conocer en
Argentina y en toda Sudamérica la existencia de este pedazo de
nuestra Patria Grande todavía en manos del colonialista europeo,
del usurpador, del colonizador, del mismo que antes fue esclavista
y ahora es colonialista.
Padre de la Patria
Raymond Charlotte es un personaje de película. Un típico
creole, siempre con sombrero de paja de ala ancha. Trabaja como
enfermero en un hospital y el resto del tiempo vende en la calle
facturas y masas que él mismo prepara. Lo conoce y saluda todo el
mundo. Pero además, es uno de los principales dirigentes
independentistas de la Guayana. Algunos llegan a decir que es una
especie de padre de la Patria.
Estuvo preso en dos períodos. Una vez, incluso, lo llevaron a
una prisión de Francia por delitos que nunca se le comprobaron.
En otra oportunidad entraron a su casa en Cayenne tres hombres
encapuchados mientras él dormía. Lo sacaron de la cama y lo
golpearon hasta dejarlo ensangrentado en el suelo mientras
escuchaba que decían: “Dejálo, ya está muerto”. Pero no lo estaba
y sobrevivió con lo justo. Sin embargo, nada de eso lo amedrentó.
Me lleva en su camioneta destartalada de aquí para allá, por
todo Cayenne y por toda la Guayana. Recorremos la ruta uno, la
única que existe y que recorre la costa marítima. Vamos hasta Saint-
Laurent du Maroni, en la frontera con Surinam, y nos encontramos
con la misma situación de desconexión que en la lindante con Brasil.
Otra vez las políticas colonialistas para aislar a la
Guayana de sus vecinos y hermanos. Dos simples
ejemplos: un brasileño puede ir a Francia sin visa, pero no
puede entrar a este lugar sin ella; las bananas de Surinam
pueden ser exportadas a Francia pero no a la Guayana. El
resultado es la colonización mental y cultural, además de
la política y económica. Un guayanés sabe todo sobre lo
que pasa en Marsella o Lyon, pero confunde a Paraguay
con Uruguay.
De regreso a Cayenne pasamos por la Base Espacial de
Kourou, uno de los motivos principales de que Francia no quiera
sacar sus garras de Sudamérica. Allí se desarrollan y se lanzan los
satélites europeos Ariane y Vega y el satélite ruso Soyuz. Desde allí
también la Argentina tuvo que lanzar sus dos satélites de
telecomunicaciones, que tanto orgullo nos producen: el Arsat uno
y el dos.
La perversión del colonialista llega a tal punto que en Kourou
pudimos ver desde afuera, con la ñata contra el alambrado, el
complejo espacial con uno de los desarrollos tecnológicos más
avanzados y sorprendentes del mundo, pero salimos de ahí y no
hay nada de nada.
No hay producción, ni industrial ni primaria,
exceptuando algunas verduras. ¡Si hasta el bife con el vino
o la cerveza o la gaseosa que uno se pide en un restaurante
son traídos de la metrópolis! Obviamente para aumentar
la dependencia colonial. Las tierras son todas fiscales y
bajo la excusa de que sean “reservas naturales” se busca
que no se produzca nada, ni alimentos siquiera. Francia
prefiere subvencionar al 40 por ciento de desocupados
que crear condiciones de desarrollo económico. Los
subsidios son una migaja comparada a los beneficios
económicos y políticos de esta colonia que en realidad es
una enorme base espacial y militar. La Guayana es rica en
petróleo, oro, manganeso, bauxita, reservas acuíferas y
biodiversidad. Pero nada de eso se refleja en su progreso.
Volvemos con Raymond a la ruta. Cada 20 o 30 kilómetros
nos paran retenes militares. No nos pueden hacer nada porque
tenemos todo en regla, pero a los gendarmes se les desencaja la
cara cuando ven en el parabrisas la banderita independentista (verde
y amarilla con una estrella roja en el centro). Entonces, lo que les
queda es molestarnos y hacernos perder tiempo. Y lo hacen con
todo gusto los ocupantes europeos.
Finalmente me despido de Raymond y de Pierre Carpentier,
otro luchador independentista del MDES. Vuelvo por donde vine.
Me quedan otros tres días de viaje hasta Córdoba.
Me ubico en la última imagen de la película Papillon,
cuando Steve Mcqueen se lanza al mar infestado de
tiburones desde un acantilado de la Isla del Diablo. En un
precario flotador hecho de cocos dentro de un gran saco,
logra la libertad después de 13 años de encierro. Su
compañero Louis Dega (Dustin Hoffman) lo mira desde la
mítica isla, justo frente a Kourou. En esa famosa cárcel
estuvo preso Alfred Dreyfus, el capitán del Ejército francés
que por su condición de judío fue acusado injustamente de
ser espía, y originó la famosa carta “Yo acuso”, de Emile
Zola.
Pienso que ese mismo aislamiento es el que sufre
hoy el pueblo guayanés con respecto a su verdadera Patria:
Sudamérica. Los guayaneses no son europeos como les
enseñan los colonialistas. Pero tampoco son caribeños, a
pesar de los comprensibles y lógicos lazos históricos y
culturales que tienen con Guadalupe y Martinica. Los
guayaneses son sudamericanos, y se tienen que convencer
de eso para poder sentirse guayaneses y para animarse a
conseguir su libertad, como Papillon.
Vuelvo a mostrar pasaporte y dar explicaciones a los soldados
franceses en la frontera del río Oyapock, para cruzar a Brasil. Y
mientras pongo cara de nada, recuerdo que los primeros prisioneros
que llegaron a la Isla del Diablo fueron 331 partidarios del Ancienne
Regime (Antiguo Régimen), durante la Revolución Francesa.
Me despido de la Guayana. La última imagen es una bandera
a franjas verticales azul, blanca y roja, también producto de la
Revolución Francesa. En aquellos años era un símbolo de libertad,
igualdad y fraternidad. Hoy es un símbolo de opresión, de ocupación
militar, de colonialismo y de imperialismo.
Bajo de la canoa del otro lado del río, en el pueblito de
Oiapoque. Y aquí sí me recibe Sudamérica, con la bandera de Brasil
y los gritos alegres de pescadores y contrabandistas.

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