Mariano Saravia
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Especialista en Política Internacional

Congreso de las malas lenguas

marzo  2019 / 31 Comentarios desactivados en Congreso de las malas lenguas

Terminó el Octavo Congreso Internacional de la Lengua Española, realizado en Córdoba, y dejó algo de tela para cortar, aunque no mucho de productivo en las discusiones sobre algo tan importante para los pueblos como su lengua.
La lengua es el instrumento a través el cual estructuramos nuestra cosmovisión, a través del cual contamos, entendemos, sufrimos, disfrutamos, soñamos, enunciamos. En definitiva, a través de la lengua somos humanos.
A veces la lengua es instrumento de liberación, y a veces es instrumento de dominación. Y éste es un momento histórico en Latinoamérica y en el mundo en el cual, muchos de los cambios sociales se producen a través de la lengua.
Las nuevas formas de comunicar que tiene la gente, las distintas pantallas, los celulares, las tabletas, las computadoras, el idioma abreviado, los emojis, el lenguaje propio de las redes sociales, obviamente nos influye en la vida cotidiana, en la cultura y en la política de nuestro tiempo.
El lenguaje inclusivo nos atraviesa para bien o para mal, es el exponente más visible de una revolución feminista que avanza y que es, quizá, lo único verdaderamente nuevo que se ve en el horizonte no sólo de Argentina, sino de otros países latinoamericanos. Inclusive en la misma España, aunque todavía con menos fuerza que aquí.
¿Y todo esto no era un buen material para discutir, para analizar, para debatir en el Congreso de la Lengua? Pues bien, brillaron por su ausencia, por lo menos en la vidriera principal del encuentro. Alguna mesa aislada, en los rincones de la periferia, puede haber tocado de refilón estos temas, pero no estuvieron en el espléndido Teatro del Libertador San Martín, ni en las mesas principales, ni en los noticieros ni en los diarios.
Lisa y llanamente porque no se le dio cabida al pueblo, que es en definitiva el que habla. Y que nunca habla mal, sino que habla. El lingüista no debe prescribir cómo hablar, sino describir y analizar cómo se está hablando, y en todo caso compartir con los hablantes de una lengua tan maravillosa y extensiva como el castellano. Que es castellano y no español, porque cuando el castellano se convierte en español pasa a ser un elemento de dominación, por eso preferimos la definición de Mempo Giardinelli: tenemos un español americano, que varía de país en país.
Pero también tenemos el quechua (o quichua), hablado por unos 15 millones de personas, el guaraní, hablado por unos 12 millones, el aymara, por unos 3 millones, el náhuatl, por unos dos millones, y el mapudungun, por unos 500 mil mapuches, de un lado y otro de la Cordillera de Los Andes. Además, unas 900 lenguas más, que cada vez están más arrinconadas y moribundas, por la imposición del español.
¿Este no habría sido también un tema a debatir en el Congreso? Pues no, porque como escribió la profesora en letras de la Universidad de Quilmes Mónica Rubalcaba, el Congreso fue más “una ronda de negocios en torno a las industrias de la lengua”.
Un negocio de España, a través de la Real Academia Española y el Instituto Cervantes (encargado del negocio de la enseñanza del español en todo el mundo, dependiente del Ministerio de Relaciones Exteriores del Reino de España).
Negocio del Reino de España y genuflexión del gobierno argentino. Una nueva vuelta de tuerca en el imperialismo moderno. De ahí que no se convocara a los pueblos americanos para la organización y menos para las discusiones. O que a una de las organizadoras principales, la cuatricentenaria Universidad Nacional de Córdoba, que sí trabajó arduamente en la organización durante dos años, se la ninguneara al punto de ni siquiera nombrarla.
Ni hablemos de nuestros pueblos originarios, que por lo visto, no existen para el poder lingüístico y para aduladores. De hecho, en uno de sus acostumbrados papelones, Mauricio Macri dijo en su discurso que gracias al español “no hablamos argentino, uruguayo, paraguayo, peruano o boliviano”. Ni enterado de lo mencionado más arriba, que más de 30 millones de compatriotas latinoamericanos siguen hablando lenguas originarias.
Y no se trata de desdeñar la importancia del castellano americano como lingua franca en nuestra Patria Grande, sino de reconocer y no despreciar con tanta ignorancia y soberbia a los distintos grupos lingüísticos de nuestros pueblos.
Por eso, lo que el poder destacó, con la complicidad de los medios, fue una suerte de circo fátuo en el que Macri volvió a degradar nuestros valores culturales al nivel de “activos”, como di la Patria fuera una de sus empresas. Y en el mismo circo fátuo el rey Felipe VI también ofendió al país anfitrión, mostrando que no sólo no sabe sino que no le importa si el mayor escritor de estas pampas, Borges, se llama Jorge Luis o José Luis.
Nada es ingenuo y la lengua tampoco lo es. Si por protocolo hay que recibir a los representantes de una institución vetusta y anacrónica como la monarquía, pues bien, que sea. Pero no es anecdótico que en el mismo momento en que el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, exige un gesto de disculpas por parte de los monarcas españoles, el nuestro diga que “celebramos” los 500 años del inicio de la colonización.
La decadencia, la crisis, se nota no sólo en el dólar, el cierre de fábricas, la desocupación, el hambre y el sufrimiento del pueblo argentino. También se ve la crisis moral en un país donde la inmensa mayoría de los medios tratan de majestades a los representantes de una monarquía no sólo vetusta y anacrónica, sino también genocida, corrupta y subversiva. Y paso a explicar esos calificativos.
Felipe VI y Leticia, los reyes de España representan:
-Un proyecto genocida que fue la unión de Fernando de Aragón con Isabel de Castilla, los reyes católicos, que inventaron España y echaron al mar a los judíos, los musulmanes, invadieron a los vascos e iniciaron la conquista de América.
-Un imperialismo que produjo el mayor genocidio de la historia, el de los pueblos originarios de América. Pero también los mayores traficantes de seres humanos, con el esclavismo, dejando 20 millones de víctimas.
-Una casa real francesa, la de los Borbones, que suplantaron a los Habsburgo en el siglo XVIII. O sea, que de españoles, por lo menos en su origen, nada.
-Un proyecto subversivo, golpista y contra la democracia. Porque son herederos del levantamiento de 1936 de Francisco Franco contra la Segunda República, el gobierno constitucional, legítimo e institucional de España.
-Una guerra civil cruenta y luego un genocidio que dejó en España: 500 mil exiliados, 300 mil fusilados, 100 mil desaparecidos y 30 mil niños apropiados.
-Durante los 40 años de dictadura, Franco fue preparando a Juan Carlos para que a su muerte volviera la monarquía con él como rey.

Y no me vengan ahora con el viejo y falaz argumento de que no se puede juzgar un hecho del pasado con parámetros de hoy es funcional al negacionismo, y es propio de cómplices. No todos los seres humanos del siglo 16 eran genocidas, ni todos los estados eran imperialistas. Hubo un Bartolomé de las Casas que dijo en 1512 lo que hoy dice López Obrador. Hubo un San Martín que decía “nuestros paisanos los indios” y hubo un Rivadavia que los combatía, a los indios y a San Martín. Hubo un Mitre, genocida de gauchos, montoneros y paraguayos, y hubo un Alberdi, un Felipe Varela y un José Hernández que denunciaron el genocidio de Mitre. En todas las épocas hubo asesinos y también gente buena, luchadora y valiente. El que esgrime estas mentiras de que hay que entender a los personajes en su contexto histórico, comete varias tropelías históricas: 1- miente por cinismo o por ignorancia; 2 licúa culpas y justifica a los genocidas; y 3 Va más allá sugiriendo o insinuando que la víctima, en el lugar del victimario, hubiera hecho lo mismo. Quizá porque este señor sí se hubiera comportado como un genocida en ese caso y en ese momento, pero no el resto de los seres humanos.
La lengua puede servir para decir esto, o para callarlo. Para discutir, para renovar, para crecer, para vivir, para encontrarnos. O para hablar mucho sin decir nada, hacer negocios y seguir usándola como instrumento de dominación.

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